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Palabra del Ejército Zapatista de Liberación Nacional

Ene261994

Heroísmo cotidiano hace posible que existan los destellos

CARTA DE MARCOS SOBRE LA VIDA COTIDIANA EN EL EZLN

26 de enero

Para el periódico nacional La Jornada

Para el periódico local de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, Tiempo

Señor Álvaro Cepeda Neri.

Columna Conjeturas.

Periódico nacional La Jornada. México, D. F.

 

Señor Cepeda Neri y familia:

Acuso recibo de su carta publicada en La Jornada con fecha de 24 de enero de 1994. Agradecemos su pensamiento. Nosotros acá estamos bien. Helicópteros y aviones van y vienen, se acercan, nos ven, los vemos, se alejan, regresan, y así día y noche. La montaña nos protege, la montaña es compañera desde hace muchos años.

Quisiera platicarle a usted algunas cosas que ocurren por estas tierras y que, es seguro, no saldrán nunca en diarios y revistas pues lo cotidiano no les interesa. Y hay, créame usted, un heroísmo cotidiano que es el que hace posible que existan los destellos que, de tanto en tanto, iluminan la aparente mediocridad de nuestra historia patria. Acabo de reunirme hace unas horas con algunos miembros del Comité Clandestino Revolucionario Indígena. Discutieron la forma en que nombrarán delegados para el diálogo Con el Comisionado para la Paz y la Reconciliación en Chiapas. Después estuvieron revisando algunos periódicos que llegaron (retrasados, por supuesto). Las notas y comentarios periodísticos provocan reacciones diversas en todos nosotros.

Javier, un tzotzil de hablar pausado que busca la palabra que diga la verdad, ha leído ahora lo ocurrido en Tlalmanalco estado de México. Indignado viene hacia mí y me dice que «hay que invitar a esas gentes que se vengan acá con nosotros». Le empiezo a explicar por que no los podemos invitar, porque son de un partido político y nosotros no podemos intervenir en el pensamiento de otras organizaciones políticas, porque ese lugar está muy lejos, porque no los van a dejar pasar en los retenes, porque no nos va a alcanzar el frijol para tantos, porque etcétera. Javier espera pacientemente a que yo termine de hablar. Me dice ahora, serio: «Yo no te digo los del PRD». Y agrega: «Yo te digo los policías que los golpearon». En cuclillas decreta, sentencia, ordena: «Invita a esos policías a que vengan acá. Diles que si son hombres de veras que se vengan a pelear contra nosotros. A ver si es lo mismo golpear gente inocente y pacífica que pelear contra nosotros. Diles, escribe que nosotros les vamos a enseñar a respetar al pueblo humilde».

Javier sigue en cuclillas frente a mí, espera a que empiece a escribir la carta dirigida a los granaderos del estado de México. Yo dudo… En ese momento la guardia avisa que están entrando unos periodistas y que piden hablar con alguien. Me disculpo con Javier, veo quién ha de ir a hablar con los periodistas. La carta de invitación a los granaderos queda pendiente.

Ahora es Angel, tzeltal cuyo orgullo es haber leído completo el libro de Womack sobre Zapata («Tardé tres años. Sufrí, pero lo terminé», dice cada que alguien se atreve a dudar de su proeza). Se viene encima mío blandiendo en la mano izquierda un periódico (en la derecha porta una carabina M-l). «No entiendo su palabra de este señor», me reclama. «Usa palabras duras y no se conoce su camino. Parece que entiende nuestra lucha y parece que no la entiende». Yo reviso el periódico y Angel me señala la columna de un editorialista «X». Le explico a Angel lo que ese señor dice: que sí es cierto que hay pobreza en Chiapas, pero que no es posible que los indígenas se hayan preparado tan bien y que se hayan alzado con un plan, que los indígenas siempre se alzan sin plan, así nomás, de pronto; que eso quiere decir que hay gente extraña y extranjera que se está aprovechando de la pobreza indígena para hablar mal de México y de su presidente, que el EZLN está entre los indígenas pero no los representa. Angel empieza a dar vuelta y vuelta; enfurecido, no alcanza a hablar con orden, mezcla atropelladamente palabras en dialecto y en «castilla». «¿Por qué siempre nos piensan como niños chiquitos?», me avienta en la cara la pregunta. Yo casi tiro el arroz semicrudo que algún cocinero novato me ha dedicado «especialmente para el sub». Sigue más calmado cuando le dan su plato: «¿Por qué para ellos nosotros no podemos pensar solos y tener buen pensamiento con buen plan y buena lucha?» Yo entiendo que no es a mí a quien pregunta; Angel entiende que no es para mí esa pregunta; sabe bien Angel que esa pregunta va para el improbable señor del «artículo de fondo». Sabemos los dos, Angel y yo, que ésa y otras preguntas quedarán sin respuesta. «¿Acaso la inteligencia sólo llega en su cabeza del ladino? ¿Acaso nuestros abuelos no tuvieron bueno su pensamiento cuando ellos eran?» Angel pregunta y pregunta, nadie responde, nadie lo hará…

Susana, tzotzil, está enojada. Hace rato la burlaban porque, dicen los demás del CCRI, ella tuvo la culpa del primer alzamiento del EZLN, en marzo de 1993. «Estoy brava», me dice. Yo, mientras averiguo de qué se trata, me protejo tras una roca. «Los compañeros dicen que por mi culpa se alzaron los zapatistas el año pasado». Yo me empiezo a acercar cauteloso. Después de un rato descubro de qué se trata: en marzo de 1993 los compañeros discutían lo que después serían las «Leyes Revolucionarias». A Susana le tocó recorrer decenas de comunidades para hablar con los grupos de mujeres y sacar así, de su pensamiento, la «Ley de Mujeres». Cuando se reunió el CCRI a votar las leyes, fueron pasando una a una las comisiones de justicia, ley agraria, impuestos de guerra, derechos y obligaciones de los pueblos en lucha, y la de mujeres. A Susana le tocó leer las propuestas que había juntado del pensamiento de miles de mujeres indígenas. Empezó a leer y, conforme avanzaba en la lectura, la asamblea del CCRI se notaba más y más inquieta. Se escuchaban rumores y comentarios. En chol, tzeltal, tzotzil, tojolabal, mam, zoque y «castilla», los comentarios saltaban en un lado y otro. Susana no se arredró y siguió embistiendo contra todo y contra todos: «Queremos que no nos obliguen a casarnos con el que no queremos. Queremos tener los hijos que queramos y podamos cuidar. Queremos derecho a tener cargo en la comunidad. Queremos derecho a decir nuestra palabra y que se respete. Queremos derecho a estudiar y hasta de ser choferes». Así siguió hasta que terminó. Al final dejó un silencio pesado. Las «leyes de mujeres» que acababa de leer Susana significaban, para las comunidades indígenas, una verdadera revolución. Las responsables mujeres estaban todavía recibiendo la traducción, en sus dialectos, de lo dicho por Susana. Los varones se miraban unos a otros, nerviosos, inquietos. De pronto casi simultáneamente, las traductoras acabaron y, en un movimiento que se fue agregando, las compañeras responsables empezaron a aplaudir y hablar entre ellas. Ni qué decir que las leyes «de mujeres» fueron aprobadas por unanimidad. Algún responsable tzeltal comentó: «Lo bueno es que mi mujer no entiende español, que si no…» Una oficial insurgente, tzotzil y con grado de mayor de infantería, se le va encima: «Te chingaste porque lo vamos a traducir en todos los dialectos». El compañero baja la mirada. Las responsables mujeres están cantando, los varones se rascan la cabeza. Yo, prudentemente, declaro un receso. Esa es la historia que, según me dice Susana ahora, salió cuando alguien del CCRI leyó una nota periodística que señalaba que la prueba de que el EZLN no era auténticamente indígena es que no podía ser que los indígenas se hubieran puesto de acuerdo en iniciar su alzamiento el primero de enero. Alguno, en broma, dijo que no era el primer alzamiento, que el primero había sido en marzo de 1993. Bromearon a Susana y ésta se retiró con un contundente «váyanse a la chingada» y algo más en tzotzil que nadie se atrevió a traducir. Esa es la verdad: el primer alzamiento del EZLN fue en marzo de 1993 y lo encabezaron las mujeres zapatistas. No hubo bajas y ganaron. Cosas de estas tierras.

A media noche Pedro, chol y bigotón, se me acerca con un ocote encendido en la diestra. Se sienta a mi lado. Nada dice se queda mirando fijamente la luz del ocote, brillan sus ojos negros. «Tenemos que ir a México», me dice y se dice. Yo me empiezo a rascar la cabeza pensando ya en las órdenes que habrá que dar para iniciar la marcha, las rutas que seguiremos, las bajas que tendremos la salida otra vez a la luz de las ciudades al asfalto de las carreteras.

Pedro me interrumpe: «Los mexicanos dicen que Chiapas es diferente a otras partes, que aquí estamos mal pero lo demás de México está bien». Ahora yo lo miro; él no voltea a verme pero me alcanza el periódico que trae en la mano. Busco mi lámpara de mano y empiezo a leer el artículo que Pedro me señala con la mano: dice el artículo que nuestra lucha está destinada al fracaso porque no es nacional, y no es nacional porque nuestras demandas son locales, indígenas. «Es pobre su pensamiento», dice Pedro. «Más pobre que nosotros porque nosotros queremos justicia pero también libertad y democracia. Y este señor piensa que no es pobre aunque no pueda elegir a su gobierno con verdad. Nos tienen lástima. Pobrecitos». El ocote flamea entre los dos. Pedro entiende, yo entiendo, la noche entiende… «Los mexicanos no entienden. Tenemos que ir a México», dice Pedro mientras se aleja con la luz de un ocote iluminando su diestra. El frío aprieta duro esta madrugada. La posta grita: «Alto! ¿Quién vive?». «La Patria!», responde otra voz y algo tibio se llega hasta nosotros.

Bueno, señor Cepeda Neri, quería aprovechar esta carta para platicarle ésta y otras cosas. Por ahora es todo. Esperamos que usted y su familia estén bien de salud. Será hasta la próxima, cosa más bien improbable.

Salud y respetos a usted y a los que lo acompañan. Vale.

Desde las montañas del sureste mexicano

Subcomandante Insurgente Marcos

 

P.D.: Javier se me acaba de acercar entusiasmado, a preguntar si ésta es la carta para invitar a los granaderos del estado de México. Le respondo que no, que es para un periodista. «Ah», dice desilusionado. Pero agrega contundente: «Dile que no nos olviden, que nuestra verdad también es para ellos». Vale.

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