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Palabra del Ejército Zapatista de Liberación Nacional

Oct131999

La hora de los pequeños. Durito, Carta 4a.

La hora de los pequeños

 Primera parte: El regreso de…

Para Don Emilio Krieger, que estuvo con los pequeños siempre.
Para los niños de «El Molino» (del Frente Popular Francisco Villa) que perdieron sus casas en un incendio.

«En el buzón de tiempo hay alegrías
que nadie va a exigir / que nadie nunca
reclamará / y acabarán marchitas
añorando el sabor de la intemperie
y sin embargo / del buzón de tiempo
saldrán de pronto cartas volanderas
dispuestas a afincarse en algún sueño
donde aguarden los sustos del azar». 
Mario Benedetti.

Llueve apenas una brisa húmeda y fría. Sin embargo, tanto y tan fuerte ha sido el golpeteo de la lluvia sobre la montaña en los días anteriores, que le ha dejado no pocas abolladuras y hay cicatrices que le arruinan toda la falda. Pero bueno, después de tormenta tanta, esta llovizna se agradece. Es tiempo de lluvia. Tiempo de los pequeños.

Un hombre bueno ha muerto. ¿Qué se dice cuando un hombre bueno ha muerto? Unos niños, que sin miedo ayer abrieron sus casas para recibir a mil ciento once sin rostros, han perdido su casa. ¿Qué se dice cuando un niño pierde su casa? Nada se dice, sólo se calla. Porque muchas veces los dolores son para callarse. Sin embargo, intentando un alivio, los pequeños de este lado del cerco tienden sus puentes como manos hasta donde falta el hombre bueno y hasta donde faltan puertas y ventanas para abrirse al otro olvidado y pequeño, al otro digno y rebelde. Para acompañar se tienden, para estar cerca, para no olvidar. Tal vez por eso, sin prisa, la sombra afila con ternura el primer dos de la cuarta epístola, buscando que arranque una sonrisa entre tanto dolor como allá se duele.

Allá abajo la vela reitera su vocación de faro para ese marinero en la montaña que, extraviado, navega las sombras de la madrugada. Sí, vayamos, pero tenga usted cuidado con el lodo y esos charcos. ¿Va usted despacio? Bueno, me adelanto y desde allá dentro le voy avisando. Bien, aquí estoy. Sí. Está de nuevo la sombra sola. No… Un momento… Parece que hay alguien más… ¡Esa vela que no deja de agitarse! No, no alcanzo a ver quién más está, pero es evidente que hay alguien porque la sombra le habla. No, más bien le niega, porque no hace sino repetir «no, no y no». Deje y me voy a aquella esquina para ver mejor. Ya está. Mmhh. Creo que nuestra sombra predilecta ha enloquecido. ¡No se ve nadie alrededor! Y él con su «no, no y no». En fin, era de esperarse, tanta lluvia y tanta madrugada acaban por enloquecer a cualquiera. ¿Qué? ¡Pero si ya le dije que no hay nadie! ¿Que me acerque? ¿Y si me ve? Bueno, sí, despacio y con discreción. No, le insisto, no hay nadie. ¡Un momento! ¡Espere! Sí, ya distingo algo… ¡Ahí, en un rincón! ¡Sí! ¡Que alivio! No se ha vuelto loco, no. Lo que pasa es que era tan pequeño que no lo notaba… ¿Qué? ¿Que con quién habla? Bueno, pues… verá usted… ¿de veras quiere saberlo? ¿Si? Pues… pues… ¡con un escarabajo!

¡Durito!

Carta 4a.

-¡No, no y no! –le digo a Durito por enésima vez.

Sí, Durito ha regresado. Pero antes de explicarles mi «no» reiterado, debo contaros la historia completa.

Cuando la otra madrugada la lluvia formó un arroyo que se metió justo en medio de la champa, llegó Durito a bordo de una lata de sardinas que tenía un lapicero en medio y, en él, un pañuelo o algo así, que después lo sabría, era una vela. En la parte más alta del palo mayor, perdón, del lapicero, ondeaba una bandera negra con un cráneo feroz reposando sobre un par de tibias cruzadas. No era propiamente un barco pirata, pero sí, al menos, una lata de sardinas pirata. El caso es que el barco, o sea la lata, fue a dar justo al pie de la mesa, y lo hizo con tal estrépito que Durito salió volando y fue a aterrizar justo en mi bota. Como pudo se recompuso Durito y exclamó:

-El día hoy… el día de hoy… -voltea a verme y me dice: -¡Eh tú, nariz de zanahoria! ¡Decidme presto la fecha!

Yo titubeo, un poco por las ganas de darle un abrazo a Durito pues ha regresado, otro poco por las ganas de darle una patada por lo de «nariz de zanahoria», y otro más por… por… ¿la fecha?…

-¡Sí! La fecha. Es decir, día, mes y año en curso. ¡Despierta mentecato, que parece que estás en el debate de los presidenciables! ¡Dadme la fecha!

Yo miro el reloj y digo: -12 de octubre de 1999

-¿12 de octubre? ¡A fe mía que la naturaleza imita al arte! Bien. El día de hoy, 12 de octubre de 1999, declaro descubierta, conquistada y liberada esta hermosa isla caribeña que responde al nombre de… de… ¡Rápido, el nombre de la isla!

-¿Qué isla? -pregunto yo aún desconcertado.

-¿Cómo que qué isla, so mentecato? ¡Pues ésta! ¿Y cuál va a ser? No hay pirata que se precie de serlo sin una isla para esconder el tesoro y las penas…

-¿Isla? Yo siempre pensé que era un árbol, una ceiba para ser más preciso -digo mientras me asomo a la orilla del tupido copete.

-Pues te engañas, es una isla. ¿Dónde se ha oído que un pirata desembarque en una ceiba? Así que decidme el nombre de esta isla o tu destino será servir de almuerzo a los tiburones -dice Durito amenazando.

-¿Tiburones? -digo yo, tragando saliva. Y alego tartamudeando: No tiene nombre…

-«No tiene nombre». Mmh. A fe mía que es un nombre harto digno para una isla pirata. Bueno, el día de hoy, 12 de octubre de 1999, declaro descubierta, conquistada y liberada la isla de «No tiene nombre» y nombro a este individuo de obvia nariz mi contramaestre, primer oficial, grumete y vigía.

Yo trato de obviar tanto el insulto como la multitud de cargos conferidos, y digo:

-De modo que… ¡ahora eres un pirata!

-«Un pirata». ¡Que no! ¡Soy EL PIRATA!

Hasta ahora reparo en la figura de Durito. Un parche negro le adorna el ojo diestro, una pañoleta roja le cubre la cabeza, en uno de sus múltiples brazos un alambrito retorcido la hace de garfio, y en otro reluce la varita que hace tiempo era Excalibur, ahora no estoy seguro, pero debe ser una especie de espada, sable, o lo que sea que usen los piratas. Además, amarrado a una de las varias patitas lleva un pedacito de rama como si fuera… como si fuera… mmh… ¡una pata de palo!

-Y bien, ¿qué te parece? –dice Durito mientras se da media vuelta para que se aprecien todas las galanuras que se ha confeccionado para su traje de pirata.

Con cuidado le pregunto: –¿Así que ahora te llamas…?

Black shield! –dice Durito pomposo, y agrega:- Pero puedes poner Escudo negro, para los que no están globalizados.

-¿Escudo negro?, pero…

-¡Claro! ¿No hubo un Barbarroja y un Barbanegra?

-Bueno, sí, pero…

-¡No hay pero que valga! ¡Yo soy Escudo Negro! ¡Comparado conmigo Barbanegra con trabajos llega al gris, y el tal Barbarroja queda más desteñido que tu viejo paliacate!

Durito ha dicho esto blandiendo espada y garfio al mismo tiempo. Parado ahora en la proa de su lata de sardi…, perdón, de su embarcación, empieza a declamar la canción del pirata…

-«Con diez cañones por banda…»

-Durito…. -trato de llamarlo a la cordura.

-«Viento en popa en toda vela…»

-Durito…

-«No corta el mar sino vuela…»

-¡Durito!

-¿Qué? ¿Algún galeón real se encuentra a nuestro alcance? ¡Pronto! ¡Desplegad velas!

¡Preparad el abordaje!

-¡Durito! -grito ya desesperado.

-Calma, no grites que pareces bucanero desempleado. ¿Qué te pasa?

-¿Podrías decirme en dónde has estado, de dónde vienes, y qué te trae por estas tierras, perdón, islas? -pregunto ya más tranquilo.

-He estado en Italia, en Inglaterra, en Dinamarca, en Alemania, en Francia, en Ginebra, en Holanda, en Bélgica, en Suecia, en la península ibérica, en Islas Canarias, en la Europa toda -Durito ha dicho todo repartiendo ademanes a diestra y siniestra.

-En Venecia comí con Darío una de esas pastas que tanto entusiasman a los italianos y que a mí me dejan i-n-a-m-o-v-i-b-l-e.

-¡Un momento! ¿Qué Darío? ¿No querrás decir que estuviste comiendo con Darío…?

-Sí, Darío Fo. Bueno, comiendo, comiendo, no. Él comía, yo lo miraba comer. Porque mira, esos espaguetis a mí me dan dolor de estómago, y más cuando les ponen «pasto».

Pesto -le corrijo.

-«Pasto» o «pesto», pero sabe a zacate. Como te decía, llegué a Venecia procedente de Roma, después de escaparme de uno de los «Centri di Detenzione Temporanea (per Immigrati)», que son una especie de campos de concentración, donde las autoridades italianas aíslan, antes de expulsarlos del país, a todos los que provienen de otros países y, por lo tanto, son «otros diferentes». Salir no fue fácil, hube de encabezar un motín. Claro que fue fundamental el apoyo de esos hombres y mujeres que en Italia están en contra de este racismo institucionalizado. Bueno el caso es que Darío quería que le ayudara con algunas ideas para una obra de teatro y no tuve corazón para decirle que no.

-Durito…

-Después me fui a la marcha contra la ONU por la guerra en Kosovo.

-Será contra la OTAN…

-Es lo mismo. El caso es que, luego de una serie de peripecias, me embarqué rumbo a la Isla de Lanzarote.

¡Un momento! ¿La Isla de Lanzarote? ¿No es donde vive José Saramago?

-Sí, bueno, yo le digo Pepe. El caso es que Pepe me invitó un café para que le comentara sobre mis experiencias en la Europa del Euro. Fue magnífico…

-Sí, me imagino que habrá sido magnífico platicar con Saramago…

-No, me refiero al café que nos preparó la Pilarica. Realmente hace un café magnífico.

-¿Te refieres a Pilar del Río?

-La misma.

-De modo que un día comes con Darío Fo y otro día tomas café con José Saramago.

-Sí, en esos días me codeaba con puros premios Nobel. Pero te decía que con Pepe tuve una fuerte discusión.

¿Y el motivo?

-Pues el prólogo ese que escribió para mi libro. Me pareció de muy mal gusto que a mí, el grande y ecuánime Don Durito de La Lacandona, me redujera al mundo de los coleópteros lamelicórneos». (Durito se refiere al prólogo de José Saramago al libro Don Durito de La Lacandona. Ed. CIACH A.C.)

-¿Y en qué quedó la discusión?

-Bueno, pues lo reté a duelo, tal y como mandan las leyes de la andante caballería.

-¿Y…?

-Y nada, que ví que a la Pilarica se le rompía el alma, pues era obvio que yo habría de vencer, y lo perdoné…

-¿Tú perdonaste a José Saramago?

-Bueno, no totalmente. Para que olvide yo la afrenta, deberá él venir a estas tierras y declarar a voz en cuello el siguiente parlamento: «Escuchad todos. Temblad tiranos. Suspirad doncellas. Alegraos infantes. Regocijaos los tristes y menesterosos. Escuchad todos. Que anda de nuevo sobre estos suelos el siempre grande, el portentoso, el inigualable, el bien amado, el esperado, el onomatopéyico, el más mejor de los andantes caballeros, Don Durito de La Lacandona».

-¿Tú obligaste a José Saramago a venir a México a decir esas… esas… esas cosas?

-Sí, a mí también me parece un castigo ligero. Pero después de todo es un premio Nobel, y tal vez necesite alguien que haga el prólogo de mi próximo libro.

-¡Durito! -lo reconvengo, y agrego: -Bueno, pero cómo fue que te convertiste en pirata, perdón en EL PIRATA.

-La culpa la tuvo el Sabina… -dice Durito como si hablara de un compañero de juerga.

-¿O sea que también viste a Joaquín Sabina?

-¡Y claro! Quería que le ayudara con los arreglos musicales para su próximo disco. Pero no me interrumpas. El caso es que estábamos el Sabina y yo correteando bares y féminas en Madrid, cuando llegamos a Las Ramblas.

-¡Pero eso está en Barcelona!

-Sí, ahí está el misterio. Porque unos momentos antes estábamos en una Tasca en Madrid, embobados con una hembra de piel de aceituna, andaluza de Jaén para más señas, y entonces tuve que ir a satisfacer una de las necesidades biológicas que llaman «primarias». He aquí que me equivoco de puerta y, en lugar de la del water, abrí la de la calle. Y resulta que estaba en Las Ramblas. Sí, ya no había ni Madrid, ni Sabina, ni tasca, ni piel aceitunada, pero yo seguía necesitando un «water», porque un caballero no puede andar haciendo esas cosas en cualquier rincón. Ergo, busqué un bar, tratando de acordarme de cuando anduve callejeando con Manolo…

-Imagino que te refieres a Manuel Vázquez Montalbán -pregunto ya dispuesto a no asombrarme de nada.

-Sí, pero es un nombre demasiado largo, así que yo le digo sólo Manolo. Entonces buscaba yo angustiado, inquieto y afanoso, un lugar con un water, cuando aparecen frente mío, en una oscura callejuela, tres sombras gigantescas…

-¡Bandidos! -interrumpí sobresaltado.

-Negativo. Eran tres botes de basura, a cuya sombra yo calculé que podía hacer, con intimidad y discreción, lo que pensaba hacer en el water. Y así lo hice. Ya con la satisfacción del deber cumplido, encendí la pipa y escuché con toda claridad las 12 campanadas del Big Ben.

-Pero Durito, eso está en Londres, Inglaterra…

-Sí, a mí también me pareció extraño, pero ¿qué no lo era en esa noche? Caminé hasta que llegué frente a un letrero que decía: «Piratas. Se necesitan. No se requiere experiencia previa. Preferencia a Escarabajos y Caballeros andantes. Informes en el bar de «La Mota Negra» -Durito enciende su pipa y continúa:

-Seguí caminando, buscando el letrero de «La Mota Negra». Caminé a tientas, apenas adivinando esquinas y muros, tan cerrada era así la niebla que caía esa madrugada sobre los callejones de Copenhague…

-¿Copenhague? ¿Pero no estabas en Londres?

-Mira, como me vuelvas a interrumpir con obviedades, te mando a la plancha y de ahí a los tiburones. Ya te dije que todo era muy extraño, y si el letrero solicitando piratas lo leí en Londres, ya estaba buscando el bar «La Mota Negra» en Copenhague, Dinamarca. Me perdí unos momentos en los jardines del Tívoli, pero seguí buscando. De pronto, en una esquina, lo encontré. Una luz mortecina destilada de un solitario farol, apenas rasguñaba la niebla e iluminaba un letrero que anunciaba: «La Mota Negra. Bar & Table Dance. Descuento Especial para Escarabajos y Caballeros Andantes». No sin antes apreciar la alta estima y simpatía que tienen en Europa por los escarabajos y los caballeros andantes…

-Será porque no los padecen... -murmuré apenas.

-No creas que se me escapa la ironía de tus murmuraciones -dice Durito-. Pero en bien de tus lectores, continuaré con mi narración. Ya habrá tiempo de ajustar cuentas con vos.

Decía que, después de apreciar la grande inteligencia de los europeos para reconocer y admirar la grandeza que algunos seres poseemos, entré en este bar del barrio de Montmartre, cerca del Sacré-Coeur…

Durito guarda silencio un momento, esperando a que yo lo interrumpa diciendo que eso está en el París francés, pero nada digo. Durito asiente con satisfacción y continúa:

-Ya dentro una neblina morada invadía el ambienteme senté en una mesa en el rincón más oscuro. No pasó ni un segundo para que un mesero, en perfecto alemán, me dijera: «Bienvenido a Berlín Oriental» y, sin decir más, me dejó lo que supuse era la carta o menú, lo abrí y una sola sentencia lo componía: «Piratas en ciernes, segundo piso». Subí por una escalera que estaba justo a mis espaldas. Llegué a un largo pasillo flanqueado por algunas ventanas. Por una de ellas se podían apreciar los canales y los 400 puentes que levantan Amsterdam sobre las 90 islas. A lo lejos se apreciaba la Torre Blanca, que les recuerda a los griegos de Salónica los extremos de la intolerancia. Siempre por el pasillo, más adelante, otra ventana daba vista al curvado copete del Matterhorn suizo. Más allá, se adivinaban las piedras milagrosas del irlandés Castillo de Blarney, que dan a quien las besa el don de la palabra. A mano izquierda, se alzaba el campanario de la Plaza Mayor de Brujas, en Bélgica. Siguiendo el pasillo, antes de llegar a una puerta desvencijada, una ventana miraba hacia a la Piazza dei Miracoli, y alargando un poco la mano se podía tocar el desfallecido inclinarse de la Torre de Pisa.

Sí, ese pasillo se asomaba a media Europa, y no me hubiera sorprendido que en la puerta hubiera un letrero que rezara «Bienvenidos al Tratado de Maastricht». Pero no, la puerta no tenía ni un letrero. Es más, no tenía ni picaporte. Toqué y nada. Empujé la pesada hoja de madera y ésta cedió sin problema. Un lúgubre rechinido acompañó el abrirse de la puerta…

Entré así a un cuarto que se encontraba parcialmente a oscuras. Al fondo, sobre una mesa llena de papeles, un quinqué mal alumbraba la cara de un hombre de edad indefinida, un parche le cubría el ojo diestro y un garfio hacía de mano que le mesaba las lenguas barbas. La mirada del hombre estaba fija en la mesa. No se oía nada y el silencio era tan denso, que se pegaba como polvo en la piel…» -Durito se sacude el polvo de su traje de Pirata.

-He ahí un pirata, me dije, y avancé hacia la mesa. El hombre ni se inmutó. Yo tosí un poco, que es como los caballeros educados hacemos para llamar la atenciónEl pirata no levantó la vista. En lugar de eso, un lorito (que hasta entonces noté sobre su hombro izquierdo) empezó a declamar, con tan notable entonación que hasta Don José de Espronceda aplaudiría, esa que dice: «Con diez cañones por banda, viento en popa a toda vela, no corta el mar sino vuela, un velero bergantín».

«Siéntese», dijo, no sé si el hombre o el lorito, pero el pirata o el que yo suponía pirata me extendió un papel sin mediar palabra alguna. Lo leí. No aburriré a tus lectores ni a ti, así que en resumen te digo que se trataba de una solicitud de ingreso a la «Gran Confraternidad de Piratas, Bucaneros y Terrores Marinos, A.C. de C.V. de R.O.». La llené sin dilación, no sin antes subrayar mi condición de escarabajo y caballero andante. Entregué la hoja al hombre y éste la leyó en silencio.

Al terminar, despacio me miró con su único ojo y me dijo: «Lo esperaba Don Durito. Sepa usted que soy el último de los piratas verdaderos que vive en el mundo. Y digo lo de «verdaderos» porque ahora hay infinidad de «piratas» que roban, matan, destruyen y saquean desde los centros financieros y los grandes palacios gubernamentales, sin tocar más agua que la de la tina. Aquí está su misión (me entrega un legajo de pergaminos viejos). Encuentre usted el tesoro y póngalo a buen recaudo. Ahora discúlpeme, pero tengo que morirme». Y al decir esto último, dejó caer la cabeza sobre la mesa. Sí, estaba muerto. El lorito levantó vuelo y se salió por una ventana diciendo: «Paso al exiliado de Mitilene, paso al hijo bastardo de Lesbos, paso al orgullo del mar Egeo. Abrid vuestras 9 puertas temido infierno, que allá va a descansar el grande Barbarroja. Ha encontrado quien le siga los pasos y duerme ahora quien hizo del océano apenas una lágrima. Con Escudo Negro navegará ahora el orgullo de los Piratas verdaderos». Bajo la ventana se extendía el puerto sueco de Göteborg y a lo lejos un nyckelharpa lloraba…

-¿Y tú qué hiciste? -pregunté, ya metido de lleno en la historia (aunque un poco mareado por tantos nombres de sitios y localidades).

-Sin abrir siquiera el legajo de pergaminos, volví sobre mis pasos. Recorrí de vuelta el pasillo y bajé al bar-table dance, abrí la puerta y salí a la noche, justo en el paseo de Pereda, en Santander, en el Mar Cantábrico. Enderecé hacia Bilbao, entrando a Euskal Herria. Vi a jóvenes bailar Eurresku y Ezpatadantza al compás del txistu y el tamboril, cerca de Donostia-San Sebastián. Monté sobre los Pirineos y retomé el río Ebro entre Huesca y Zaragoza. Ahí me las ingenié para hacerme de una embarcación y seguí hasta la delta en la que el Mediterráneo recibe al Ebro, en medio del rugido del Vent de Dalt. A pie remonté a Tarragona y de ahí a Barcelona, pasando por donde se dio la famosa Battla de Montjoïc. –Durito hace una pausa como para tomar impulso.

-En Barcelona embarqué en un carguero que me llevó a Palma de Mallorca. Enrumbamos al sureste, bordeando Valencia y, más al sur, Alicante. Avistamos Almería y, lejos, Granada. En la Andalucía toda, un cante flamenco rodaba palmas, guitarras y tacones. Una zambra gigantesca nos acompañó hasta que, después de doblar por Algeciras, cruzamos Cádiz y en la desembocadura del Guadalquivir, «voces de muerte sonaron» viniendo de Córdoba y Sevilla. Un cante jondo llamaba «Duérmete ya, Durito, hijo dilecto del mundo, deja tu andar sin rumbo, y para tu paso bonito». Todavía alcanzamos a avistar Huelva, y después nos dirigimos a las 7 islas mayores de las Canarias. Ahí recalamos y junté un poco de sabia del árbol que llaman Drago, buena, dicen, para males de cuerpo y alma. Así fue como me llegué a la Isla de Lanzarote y tuve con don Pepe el altercado que ya te referí.

-¡Uff! Largo has andado -digo, cansado por el solo relato del periplo de Durito.

-¡Y lo que me falta! -dice él, ufano.

-Yo pregunté: Entonces, ¿ya no eres caballero andante?

-¡Claro que sí! Lo de pirata es pasajero. Sólo mientras cumplo la misión que me encomendó el difunto Barbarroja.

Durito se me queda viendo.

Yo pienso: «siempre que Durito se me queda viendo así es porque… porque…».

-¡No! -le digo.

-¿No qué?si no te he dicho nada -dice Durito fingiendo sorpresa.

No, no me has dicho nada, pero nada bueno significa esa mirada. Lo que sea que me vayas a decir, mi respuesta es «no». Bastantes problemas tengo como guerrillero, como para que ahora me meta de bucanero. ¡Y no estoy tan loco como para embarcarme en una lata de sardinas!

-«Pirata», y no «bucanero». No es lo mismo, mi querido y narizón grumete. Y no es una lata de sardinas, es una fragata y se llama «Pon tus barbas a remojar»

Yo obvio el insulto y replico:

-¿Pon tus barbas a remojar? Mmh, extraño nombre. Pero en fin, «Bucanero» o «Pirata», lo que sea significa problemas.

-Como quiera, antes de cualquier cosa, debes cumplir con tu deber -dice Durito solemne.

-¿Mi deber? -pregunto bajando la guardia.

-Sí, debes comunicar a todo el mundo la buena nueva.

-¿Cuál «buena nueva»?

-Pues que he regresado. Y no ha de ser uno de esos largos, densos y aburridos comunicados con los que torturas a tus lectores. Es más, para no correr riesgos, aquí traigo redactado el texto -dicho esto, Durito saca de una de sus bolsas, un papel.

Yo leo y vuelvo a leer. Volteo a ver a Durito y empiezo con el «no, no y no» que inicia este relato.

Para no aburrirlos demasiado, les diré que Durito pretendía que yo sacara una carta o comunicado, con la sociedad civil nacional e internacional como destinatarios, anunciándoles que Durito estaba ya de regreso.

Por supuesto que me negué, pues tenía yo que responder la carta que nos mandan quienes participan en la Comisión Civil Internacional de Observación por los Derechos Humanos (Ccidoldh), solicitando que les otorguemos la misma confianza que les dimos en 1998, que los recibamos y que les demos nuestra palabra, pues vendrán a una nueva visita en fecha próxima. Va pues:

Ejército Zapatista de Liberación Nacional

México, octubre de 1999.

A la Comunidad Civil Internacional de Observación por los Derechos Humanos.

Hermanos y hermanas:

A nombre de los niños, mujeres, hombres y ancianos del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y de las comunidades indígenas en resistencia, les comunicó que será un honor para nosotros que visiten estas tierras. Tienen nuestra confianza, serán tratados con el respeto que merecen como observadores internacionales y no tendrán, de nuestra parte, ningún impedimento para su labor humanitaria. Tendremos también mucho gusto en platicar con ustedes. Los esperamos.

Vale. Salud y os recuerdo que acá, además de la dignidad, abunda el lodo.

Desde la isla «No tiene nombre», perdón. Desde las montañas del Sureste Mexicano.

Subcomandante Insurgente Marcos

México, Fragata «Pon tus barbas a remojar».
Octubre de 1999.

Ojo: siguen posdatas.

P.D. Que da su mano a torcer. Resulta que, después de mi reiterada negativa, Durito me convenció ofreciéndome una parte del tesoro. Sí, hemos revisado los pergaminos y viene un mapa del tesoro. Por supuesto que falta que los descifremos, pero la perspectiva de aventura es irresistible.

¿Y el texto de Durito? Después de una ardua negociación, acordamos que vaya como posdata. Ergo, sigue la…

P.D. Para la sociedad civil nacional e internacional.

«Señora:

«Es para mí un honor comunicarle la super-duper (así dice el texto de Durito) buena nueva, el regalo que hará el regocijo de chicos y grandes. ¡Que tiemblen los grandes centros financieros! ¡Que llegue el pánico a los palacios de los grandes y falsos señores! ¡Que festejen los de abajo! ¡Que las más bellas doncellas preparen sus mejores galas y suspiren las primaveras de sus vientres! ¡Que se descubran la cabeza los buenos hombres! ¡Que bailen alegres los infantes! ¡Ha regresado el más grande y mejor de los piratas (tachado en el original), perdón, de los andantes caballeros que en el mundo han sido! ¡Don Durito de La Lacandona! (copyrights reserved) (así dice el texto de Durito). ¡Albricias para la humanidad! Nuestro más sincero pésame para el neoliberalismo. Está aquí, ha regresado el grande, que digo ‘grande’, el gigante, el maravilloso, el superlativo, el hiper-mega-plus, el supercalifragilísticoespialidoso (así dice el texto de Durito), el único, el inigualable, él. EL, ¡Don Durito de La Lancandona! ¡Sííííí! (así dice el texto de Durito)».

Fin del texto de Durito (del cual me deslindo totalmente).

Bueno pues. Ya regresó Durito. (Suspiro). No sé por qué me empezó a doler la cabeza.

Vale. Salud y ¿alguien tiene una aspirina?

El Subpirata (guapísimo con su parche en el ojo derecho) (albureros, abstenerse).

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