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Palabra del Ejército Zapatista de Liberación Nacional

Feb152006

En la Granja, colonia G. Tepeyac, Puebla.

En la Granja

La Granja, Puebla
15 de febrero

Bueno compañeros y compañeras pues gracias y que le metieron el freno, porque parece que están grafiteando y ahí viene la tira dando la vuelta. Iban hechos madre, con trabajos pude agarrar el apunte. Pero lo que queríamos decirles es, primero que nada, pues gracias aquí a la vecindad de la Granja, y a la colonia y a la banda que está reunida.
Y ya que están preguntando, pues queríamos contarles una historia que empieza precisamente con niños, con una niña pues, de menos de cinco años.Hace 20 años, 18-19 años, nosotros bajábamos apenas de las montañas. Habíamos estado mucho tiempo ahí preparándonos, aprendiendo a pelear, aprendiendo a ser guerreros —decimos nosotros—, que no es nada más saber usar las armas sino las ciencias, el arte. Y entonces, en una de esas logramos bajar a un pueblo donde había un compañero que nos apoyaba, que se llamaba Samuel, se llama Samuel todavía, su nombre de lucha. Nosotros cuando entramos en la organización nos cambiamos el nombre para decir de alguna forma que estamos empezando de nuevo. Por eso siempre que hacemos referencia a cuándo nacemos, hacemos la referencia al día en que entramos en la lucha.Entonces, este compa Samuel llega y me tapa el camino real. Ahí no hay carreteras, ni caminos, ni calles, ni nada, son caminos de extravío le dicen. O sea que en el monte van abriendo con el machete para que uno pueda pasar. Entonces salió el compa éste a taparlo y me dijo que su niña estaba muy enferma, su hija.

Cada vez que pasábamos por el pueblo nosotros teníamos que pasar escondidos. No había cámaras, ni micrófonos, ni nada de eso. Teníamos que escondernos de las mismas personas que después iban a ser nuestros compañeros, porque todavía no hablábamos con todos. Entonces lo que hacíamos es que llegábamos a la orilla de un pueblo, nos quedábamos en el monte, en la parte más tupida de la montaña, y alguien del pueblo que nos apoyaba nos llevaba tortillas, pozol o agua, que era lo que había ¿no?

Y entonces, para que no sospecharan de este compañero mandaba a su hija, que tenía como tres o cuatro años, y que llegaba con mucho miedo primero, y luego ya con confianza porque me jalaba la barba —bueno, yo tenía barba, ahorita tengo pasamontañas, pero tenía barba—, y cuando yo le pregunté cómo se llamaba me dijo que se llamaba Paticha, porque no sabía decir Patricia, estaba muy pequeñita todavía. Y ella llegaba pues cargando una cubeta con pozol y un plato para echarle ¿no?

Hasta que… Teníamos que estar ahí todo el día hasta que llegara la noche y entonces ya poder entrar y hablar sólo con algunos pocos compañeros, y explicarles qué era lo que queríamos. Y lo que queríamos pues era organizarnos, esa era la palabra que traíamos. Pero esa noche, llega ese compañero Samuel a toparme, que está muy mal su niña. Llegamos a verla a su casa y estaba con fiebre. Ni siquiera teníamos termómetro para saber cuánto tenía, ni sabíamos bien qué tenía. Lo que pudimos hacer pues es meterla al río, así tal cual con todo y ropa, para que se le bajara la temperatura. Y en lo que volvíamos del río a la casa se le había secado la ropa. Así de alta tenía la temperatura. Duró unas pocas horas más y se murió… en los brazos. Se me murió en los brazos pues, para decirlo así pelón ¿no? Y así como Paticha había toda una generación de niños y niñas, menores de cinco años que se iban quedando en el camino. Y por enfermedades así absurdas, curables pues que se curaban con cualquier cosa.

Y conforme iba avanzando nuestra lucha que empezábamos… Hablábamos primero con uno, ese compañero hablaba con otro, luego hablaba con su familia, y luego una familia hablaba con otra. Empezamos a tener pueblos enteros. Los pueblos allá no son muy grandes pues, tendrán unos 100 habitantes a lo mucho. Y luego ese pueblo hablaba con otro pueblo y se hacían regiones. Y llegó un momento en que teníamos miles de compañeros y compañeras, familias enteras. Entonces era todo una parte del estado de Chiapas en las montañas del sureste mexicano —decimos nosotros—, toda la zona de la selva, que todos estaban en la organización. Y en el gobierno nadie sabía que se estaba preparando un alzamiento armado. Porque en el gobierno nadie sabía lo que pasaba ahí. O sea podía haber nacido Paticha y nadie… nunca tuvo acta de nacimiento ni acta de defunción, o sea que no existió. Nosotros mismos decíamos que nuestra guerra, nuestro alzamiento, había sido un alzamiento por los no natos, los que nunca nacieron. Porque nadie les llevó la cuenta.

Bueno, pues entonces ya se empieza a tener una extensión muy grande de compañeros y compañeras en la organización. Les digo miles de compañeros y compañeras, toda una zona, la más olvidada es donde estábamos nosotros. Pero llegó un momento en que cuando estábamos en la comunicación pues nomás estábamos contando muertos. O sea los informes es cuántos se habían muerto, niños y niñas menores de cinco años. Y estaba esta palabra que sacaban los compañeros que cuando —decían— que cuando un niño ya se logró es cuando pasa de los cinco años. Quiere decir que ya libró la barrera de la muerte que estaba entonces.

Entonces, se da esto que empieza a morir mucha gente como si fuera una guerra. Pero una guerra muy cabrona —ahora sí como dice la banda— porque sólo era contra los niños, contra las niñas. Y sólo contra los más pequeños. Eran todas esas enfermedades curables para las que no había ni medicina, ni doctor, ni hospital, ni clínica. Y si el niño o la niña se enfermaba y el papá o la mamá querían llevarlo hasta el hospital, pues tenían que caminar tres días, por el monte, llegar a la carretera, agarrar un carro de esos de tres toneladas —que es lo único que entra allá— y llegar a la cabecera municipal. Ir a la clínica del gobierno y encontrarse que no lo recibían porque no hablaba español. Porque allá somos indígenas, hablamos lengua. Y aunque hablara español, el hecho de que lo vieran moreno, con su ropa de indígena, con su modo —decimos nosotros— pues era para que lo despreciaran. Lo dejaban esperando ahí afuera de la clínica. No lo recibían o namás así lo veían y le daban un mejoral o cualquier cosa ¿no? Nomás para quitárselo de encima.

Entonces, así se hizo la cuenta esta de… llegó un momento que primero estábamos contando cuántos compañeros teníamos, y luego pasamos a contar cuántos muertos teníamos. Entonces dijimos ya —bueno nosotros no, dijeron nuestros compañeros que son los que mandan ahí, por eso yo soy subcomandante, ahí mandan las comunidades— dijeron pues que ya va siendo la hora de pelear. Dicen: “si no peleamos, pues nomás estamos contando los muertos nosotros”. Entonces, dijo un compañero, que se llama —se llamaba, ya murió— el viejo Antonio, un hombre ya de edad —como de la edad del compa que nos dio la bienvenida aquí en la vecindad—, que dijo: “ya va siendo hora de que los cuentos —no perdón— los muertos también los cuenten del otro lado”.
Y aún así que no estábamos todavía preparados, había gente que todavía estaba dudando —como ahorita en Puebla, todo el tiempo se está dudando si le entra o no a la Otra Campaña—. Y entonces viene este cabrón de Salinas de Gortari y da el artículo… quita el artículo 27. El de la tierra, que puso Zapata, lo quita, y entonces ya no hay tierra que repartir. Entonces, si no te morías antes de los cinco años y llegabas —allá desde los diez, doce, ya hay que chambear en la milpa— o llegas a crecer y no iba a haber tierra que repartir.

Y entonces ya los que estaban dudando de si le entraban o no, pues dejaron de dudar. Y entonces entraron en el EZLN. Entonces nosotros teníamos, para ese entonces, pues varios miles de combatientes. Algunos con armas otros nada más con las ganas de pelear. Y nuestras armas pues eran chafas pues —como se dice pues—, o sea muy viejas. Algunas no jalaban, otras disparaban pero al revés, entonces, tenías que tirar de lado, porque si no te brincaba la bala en el ojo pues. Pero ahí con eso, entonces ya decidíamos y me mandan llamar a mí, porque yo soy el jefe militar ahí. Pero no el jefe de la organización, el jefe de la organización son los comandantes y comandantas —que cuando volvemos a venir aquí, van a venir ellos ya a estar más tiempo aquí con ustedes, en la colonia o en la vecindad, donde ustedes digan que hay que estar para escuchar más despacio su palabra—.

Entonces, me mandan llamar y me dicen: “pues ya”. Se hace una votación en todas las comunidades —o sea que no fue una idea nuestra—, se le pregunta a todas las comunidades. Y en las comunidades el modo es que participan en la asamblea. Allá todo se toma en la asamblea, no es de que la votación, ni que aplaudan y cosas así. Sino que se reúne la comunidad y empieza a hablar y a hablar, y hablar, y hablar, y la asamblea no acaba hasta que todos sacan el acuerdo, no hay de mayoría. Y entonces allá en las asambleas entra la gente que tiene juicio —dicen—, y la gente que tiene juicio es la que ya trabaja. Entonces entran niños de diez, doce años, con la misma fuerza su palabra que un adulto, o que un anciano. Porque ya trabaja, ya trabajan la tierra entonces ya tienen derecho para opinar. Entonces se hace la votación en miles de pueblos se hacen actas —nosotros tenemos las actas donde se vota la guerra—, y se decide empezar a pelear, ir a cazar al enemigo.
Entonces, ya me llama a mí y me dicen:
—¿Cómo le hacemos?
Dijimos:
—Bueno, tenemos dos opciones: nos ponemos a la guerrilla, de que nos quedamos aquí y cuando pase el soldado pues lo atacamos (que es la guerrilla clásica ¿no? la de Genaro Vázquez, Lucio Cabañas, con la que empezó la revolución cubana, con la que empezaron todos los movimientos guerrilleros en América Latina).
Entonces ahí la ventaja es que tú peleas en tu terreno: conoces tus montañas, los caminos, todo eso. Entonces, dicen los compañeros:
—El problema es que los soldados no… ni los soldados vienen acá, acá no llega nada pues —decían los compañeros—, aquí no pasó dios y si pasó se le olvidó, porque ya no volvió a regresar nunca.
Entonces dicen:
—¿Cuál es la opción?
—No pues el problema —les digo yo— es que si peleamos así en guerrilla van a decir que somos narcos, que estamos en el narcotráfico o que somos robadores de vacas, o cualquier cosa. Nadie nos va a hacer caso porque el gobierno tiene los periódicos y la televisión, y se trata pues que la gente mire y se una con nosotros a luchar.
—Bueno, y entonces ¿qué hacemos?
—No pues vayamos por ellos a las ciudades.
—¿Cómo?
—Sí, vamos a atacar las ciudades como un ejército, como el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Vamos y tomamos las ciudades y ahí empezamos a pelear. Ahí si nos morimos pues vamos a manchar con nuestra sangre sus calles. Y ahí todos tienen que ver esa sangre ¿no?
—Bueno, pues ahí has el plan —me dicen—, pues es tu trabajo, tienes que prepararlo.
Y empezamos a hacer el plan y a hacer las prácticas, porque entrenábamos. Hacíamos una montaña, como casitas —mandamos a tomar fotografías de las presidencias municipales— y luego hacíamos un cascarón, como si fuera la presidencia municipal. Y entonces hacíamos el plan cómo vamos a atacar.

Como en ese lugar sólo estamos nosotros, no hay nadie quien se mete ahí. Pues están… cuando estamos haciendo las prácticas están los niños. Los niños y niñas de entonces, que tenían cuatro o cinco años. Y nos están viendo cómo es que estamos haciendo la práctica, y empiezan a jugar a que son insurgentes. En nuestras tropas se llaman insurgentes e insurgentas, todos los que hay. Entonces es un desmadre, porque tú estás dando la orden ahí de cómo tienen que moverse y los que se están moviendo bien son los niños, y la tropa que estás preparando no se está moviendo bien. Hasta que ya le dices: No miren, ustedes ya quédense aquí a cuidar los pueblos y que vayan los compañeritos ¿no? ¡No, pues ellos felices! ¿no? ¡Órale! Pero pues la escopeta le pasaba la cabeza a la hora que la cargaba.

Pero ahí todavía está todo como muy lejano, como que parece que no va a pasar lo que va a pasar. Todavía estamos en nuestro terreno, hasta que ya se llega el día. Entonces, ya me dicen: “no pues ya ponle fecha, porque ya no hay para dónde hacerse”. Y entonces empezamos a ver la fecha. Yo reuní a mi estado mayor entonces, y les dije la verdad —yo no les echo mentiras a los compañeros, ni a ustedes por supuesto— y les dije: nos van a partir la madre. La primera línea de combate va a desaparecer. Porque vamos a ir a atacar, los vamos a agarrar por sorpresa, pero en lo que reaccionan no alcanzamos a replegarnos. Entonces, la primera línea que salga a pelear tiene que darse porque ya va a morir.

Y en la primera línea de combate tienen que salir los jefes, porque nuestro modo es que el que manda tiene que ir adelante, no atrás. Entonces, tenemos que preparar aquí cómo va a quedar —dijimos— porque nosotros los que éramos los mandos del EZLN tenemos que ir al frente. Y no se trata que uno quisiera morirse, es que veías, es tu trabajo, tienes que ver cuáles son las fuerzas del enemigo y todo eso y dices: no pues la primera línea se va a morir, la van a matar. Y entonces hacemos el cálculo.

Entonces me dicen:
—Bueno, y entonces ¿para qué? Si nosotros nunca nos entrenamos para morirnos. Nos entrenamos para que se muriera el enemigo, no nosotros.
Y les digo:
—No pero es que —les explico— la situación en los pueblos es tan desesperada, y lo que vamos a hacer va a servir para que la gente voltee a ver, porque en el país ni en el mundo saben que existen los indígenas —mucho menos nosotros que estábamos hasta la mera orilla, en el último rincón del mapa de México ahí estamos nosotros, en esas montañas. Ahí pasas una montaña y está Guatemala—.
—¿Y entonces qué?
—No pues vamos a hacer esto y la gente va a voltear, y va a oír. Y aunque pues quedemos unos, pues tienen que ver la pobreza, la miseria y que ya no se vuelva a morir Paticha —decíamos nosotros—, nunca más vuelva a ser que se muera.
—Bueno, pues ni modo.

Entonces se abre la… se hace la primera línea de combate —es la que ya se les dijo claro que no la va a librar— y se piden voluntarios entre la tropa. Ahí el modo es que se ponen todos en línea y se les dice va a pasar esto y esto, y esto otro —en este caso se dice: los que vayan a pelear se van a morir, hasta ahí nomás van a llegar— el que esté de acuerdo, el que se ofrezca de voluntario que de un paso al frente. Entonces dan un paso al frente y no queda nadie atrás. Entonces ahí el problema es quién iba a quedar, porque alguien tenía que quedar a cuidar los pueblos. Porque salíamos las tropas y los pueblos quedaban. No, pues no hay modo de convencerlos de que alguien se quede atrás. Entonces, lo que hicimos es que escalonamos el ataque, para que unos alcanzaran a atacar y a regresar a cuidar a los pueblos.
Entonces ya voy con los comandantes y comandantas y les digo:
—Pues ya estuvo. Entonces ustedes se quedan aquí. Y ahí vamos y ahí después, luego luego, cuando regresemos cómo llegó.
Y entonces ya me dicen:
—¡Vamos madres!
Pero allá en la lengua pues. En dialecto me dicen:
—Nos quedamos ni madres, nosotros también vamos.
Entonces la bronca que tenía con la tropa ahora la tenía con mis mandos porque querían ir los comandantes y comandantas. Y pues ni modo, donde manda comandante el subcomandante tiene que obedecer. Y entonces ya lo que hicimos nada más es ponerles unas escoltas y darles armas también a ellos, para que a la hora de salir pues se pudieran defender.

Entonces nos vamos y nos despedimos de los pueblos. Si recuerdan la Primera Declaración de la Selva Lacandona dice que vamos a marchar hasta la Ciudad de México y vamos a deponer al dictador —que era Carlos Salinas de Gortari— ese era el plan de la Primera Declaración de la Selva Lacandona. Entonces los que quedaban, nos decían… nos despedían llorando. Y nosotros decíamos: no pues no vamos a tardar, nomás vamos a México y regresamos. Pero veían nuestros carros todos jodidos, dice: “no pues éstos no van a llegar ni siquiera a Ocosingo”. Porque había mucho lodo, estaba lloviendo mucho. Y nosotros: no, no tardamos mucho. Vamos y tumbamos al gobierno y nos regresamos. De por sí no nos vamos a quedar ahí.

Y las compañeras y los compañeros que estaban quedando… sólo estaban quedando algunas mujeres de edad y las personas de más edad que no podían caminar. Porque a la hora de la hora se meten también niños, y se meten hombres y mujeres que eran bases de apoyo —civiles les decimos nosotros—, entonces, la salida se retrasa porque tenemos que retachar a los niños, porque nuestra ley prohíbe que niños participen en combate. Bueno, ya por fin logramos salir y decimos: bueno, pues una de dos, o el país se va a alzar en armas con nosotros, o nadie nos va hacer caso y ya nos llevó madres.

Entonces vamos y atacamos las ciudades, las tomamos, tomamos los cuarteles de la policía, rendimos a las policías municipales y estatales. Y empezamos a atacar los cuarteles. Por supuesto que sorprendimos. Estaban tomando trago, o estaban en el baño cagando, no sé pues, pero completamente los agarramos fuera de lugar. Pero ya al segundo, tercer día, el dos, tres de enero empiezan a reaccionar. Entonces ya empiezan a llegar los helicópteros y los aviones bombarderos y los tanques de guerra —porque ahí tapamos los caminos para protegernos— ¿no? Y entonces empezamos a replegarnos hacia atrás, a las montañas.

Porque según nosotros ya habíamos conseguido lo que habíamos querido. Ya habían volteado a vernos. Ya había un desmadre en todas partes porque se había dado la noticia de que cuando México parecía que pasaba al tercer… al primero mundo, y que ya era muy moderno, resulta que unos indígenas se habían alzado en armas. Y no eran unos cuántos, porque éramos un chingo: éramos como 5 mil que tomamos siete cabeceras municipales. Y no habíamos tenido muchas bajas, por esto que los habíamos sorprendido. Entonces ya teníamos la disyuntiva ésta: si nos quedábamos todavía más tiempo ahí, íbamos a tener más bajas. Y si alcanzábamos a replegarnos a las montañas, íbamos a poder pelear ahí mejor. Porque la montaña es nuestra compañera. Pelea de nuestro lado, pues. Es muy cabrona, pues. Ahí en dónde estamos nosotros ni siquiera las comunidades viven porque es muy difícil vivir ahí, y nosotros ya habíamos aprendido a vivir ahí ya nos habíamos hallado al modo. Entonces en esas montañas nosotros podíamos hacer lo que fuera ¿no? Y ahí no entran los tanques de guerra, ni los aviones ni los helicópteros ¿no?

Entonces nos empezamos a replegar, a echarnos pues para atrás para volver a nuestras montañas, y cuando estamos en ese movimiento de repliegue resulta que está todo este desmadre que se hace de la movilización que hubo del alto a la guerra. El 12 de enero es cuando hay una gran marcha y hay muchas movilizaciones en todas partes de México y del mundo. Y entonces el gobierno dice: “alto al fuego”. Y nosotros estamos recogiendo nuestros muertos, estamos todavía oliendo a pólvora y a sangre. Ya pensando que nos van a matar, pero pues que mejor nos maten en nuestra tierra, en nuestra montaña.

Y ahora resulta que el gobierno dice que ya no, que ya no va a pelear. Entonces dijimos: A chingaos ¿y a qué horas? ¿por qué? Sí somos chingones, pero nosotros no nos la creemos pues. Tampoco les decimos mucho. Y ya me empiezan a avisar a mí por otros lados, otros compañeros que tenían el aparato de comunicación, me empiezan a avisar: “no pues es que hay muchas protestas en la ciudad, y entonces dicen que hay que dialogar, que hay que detener la guerra”. Nosotros teníamos ya como cuatrocientos compañeros detenidos, combatientes que había agarrado el ejército y los había hecho presos, y teníamos como cuarenta muertos.

Y nosotros habíamos agarrado un general del ejército, un hijo de puta, pero así mero malo, que había sido gobernador de Chiapas y se llamaba Absalón Castellanos. Y que ése salva la vida porque no había acuerdo. Porque lo que pasó es que lo agarraron —porque es un cabrón que debía muchos muertos— lo iban a fusilar y dicen: “no este cabrón ni siquiera vale el plomo que le tiremos. Colguémoslo”. Y empiezan a buscar una cuerda y no la encuentran. Entonces andan buscando pues. Llega la orden que yo doy de que hay que irse para atrás y cargan con él. Y lo cuidan dos niños, sus carceleros —estuvo como un mes preso, no menos, quince o veinte días preso— y los que lo cuidaban eran dos niños, uno tenía doce años y otros diez años. Y lo empiezan a politizar —según ellos ¿no?— le empiezan a explicar la lucha. Y él decía: “no, es que los soldados son bien malditos. Yo soy soldado esos no van a respetar a nadie, van a matar a mujeres, niños, a los civiles, no les importa nada ¡Vámonos! —él tenía miedo— ¡Vámonos a esconder a una cueva!”
Y los niños le explican: —no, mira la lucha, el EZLN, los pueblos indios… Y ahí están explicándole y explicándole y le daban de comer de lo que tenían ellos, que era pozol y tortillas y plátano guineo. Pero cabrones le daban el plátano verde; pues pura diarrea se la pasó el señor. Luego dijo que había sido torturado. Entonces yo hable con los dos niños, —ahorita ya tienen… grandes de edad, por su puesto—, entonces eran unos chiquillos, dijeran ustedes. No, subcomandante puro plátano —puro guineo le dicen allá—. Pero ¿por qué le hizo daño? Es que estaba verde.

Y entonces empieza a pasar esto que empiezan los diálogos, toda la historia que ahorita no les voy a contar. Pero empieza a llegar mucha gente. Entonces esos niños que empezaron que tenían cuatro, cinco, seis años vieron a sus familias que se salían y ya sabían a qué iban. Porque habían visto todos los preparativos, ahí nada se escondía, son comunidades así abiertas. Entonces ven que sale su papá, su tío, su hermano, su hermana o su tía —porque también iban mujeres combatientes—, y saben que van a la guerra y saben que ahora sí ya no va a ser un juego. Y ven que regresan unos y que unos no regresan.

Pero los que llegan, llegan con esta historia de que ya vieron que el poder no es tan poderoso, que sí se le puede derrotar. Y detrás de nuestras tropas empieza a llegar la gente, los civiles, como decimos nosotros —luego le pusimos sociedad civil, porque no sabíamos bien qué eran—, había hombres, niños, mujeres, ancianos. De todos los colores, de todos los países y de todas las clases sociales. Entonces llegan detrás de ellos y llegan a decir: “no, pues sí está muy jodida aquí la cosa, vamos a hacer algo”. Y se da todo un proceso de estos doce años donde hay una relación entre el EZLN —más bien entre las comunidades zapatistas— y la gente de fuera. Los ciudadanos —le dicen los compañeros— y a la gente de la ciudad dice: “es que son ciudadanos porque viven en la ciudad”.
Y empiezan a construirse todo este proceso de autonomía donde las mismas comunidades mandan —ahí no entra el gobierno federal, no manda pues, ni el estatal ni el municipal— sino que las mismas comunidades eligen a sus autoridades y las quitan o las ponen, según hagan su trabajo ¿no? Y no deben tardar, después de un tiempo lo quitan y va otra vez a trabajar el campo y entra otro o otra, según llegue, a hacer el gobierno.

Bueno, entonces en todo este trayecto los niños empiezan a conocer, así como estaban sólo en sus comunidades y sólo conocían la muerte y el juego… el juego era trabajar. O sea las niñas jugaban a cargar leña, pero no era un juego era su trabajo ¿no? Nada de muñecas y eso… la muñeca era un olote, un maíz viejo pues ya pelado, ese es el que usaban como muñeca las niñas. Y los niños pues ni balón siquiera, porque no había ni siquiera eso, jugaban a la guerra. Entonces estos niños empiezan, así como pasaron de eso a conocer a los guerrilleros, a los que bajaban de la montaña. Que en las comunidades está eso, no es gente que viene de otro lado es gente que baja de la montaña y que habla su lengua, que es como ellos porque la mayoría de nuestras tropas —bueno, casi todos menos yo— son indígenas.

Esos niños ahora empiezan a encontrar a otras gentes como ustedes. Así como ustedes nos ven muy otro con el pasamontaña, pues ellos los ven muy otros a ustedes ¿no? Por ejemplo que los hombres traigan el pelo largo, lo ven raro ¿no? Que las mujeres usen pantalones, o que anden enseñando el ombligo. Ya vez que hay unas mujeres que —algunas, no digo quién— . Cosas así que se les hace raro: gentes de varios colores, que hablan diferentes lenguas. Y la primera sorpresa: “bueno ¿y qué hacen aquí?” Porque aquí la tradición es que el blanco llega a chingarte, a engañarte, en nuestras comunidades.

Y ahora estaba llegando gente blanca, de otro color y no llegaba a molestar. No llegaba a engañar, no llegaba a explotar. Llegaba a decir: “vamos a trabajar juntos”. Y toda esta gente no llegaba y daba una limosna. Sino que dice: “ahora vamos a hacer una escuela”, y se ponía a chambear junto con los compas a hacer la escuela ¿no? Y ya con nuestra comida pues les da diarrea, se enferman, sufren mucho pues, pero ahí están trincados. Y entonces empiezan… los niños empiezan a crecer viendo a esta gente.

Y sí llegan a ayudar y preguntan: “oye los zapatistas, el alzamiento”. Pero empiezan a contar, como están contando ustedes ahorita. O sea llegan también niños y dicen, no pues es que ahí nos dicen que pareces niña ponte falda —y todo lo que nos dijo el compañero—, o allá nos persiguen, o en la escuela nos castigan si no sacamos diez, o nos chinga la policía o el papá, la mamá, lo que sea. Igual los compañeros vendedores ambulantes, los colonos, los trabajadores del mercado, obreros, campesinos, indígenas de otras partes empiezan a llegar a ayudar y empiezan a contar su historia. Así, como ahorita contaron la historia ¿no?

Y la mayor parte de la gente que llega son mujeres, y la mayor parte de las que llegan son jóvenes —así como las que pasaron aquí de los colectivos culturales—. Y entonces empiezan a enseñarnos allá. A enseñarnos. Llegan según esto a ayudarnos a hacer escuelas, hospitales, muchas cosas que ya tenemos allá, pero nos empiezan a enseñar su modo —decimos nosotros— y su modo quiere decir su lucha. Entonces ya los que son grafiteros pues se ponen a pintar ahí en las paredes. A los compas les gustan, empiezan también. Ahorita ya todas las escuelas, todas las casa tienen dibujos, pero ya hechos —o pinturas pues—, hechos por los compañeros. Pero las primeras son hechos por grafiteros, o artistas plásticos que llegan de fuera, de las ciudades —según nosotros: ciudadanos—.
Entonces empiezan a contar la historia. Pues nosotros la escuchamos, nosotros los que ya teníamos tiempo ahí. Pero el niño, acaso tiene miedo, a ése no le da pena, se mete donde sea y empieza a oír. Se pone a espiar cuando se están bañando las mujeres y esas cosas que luego hacen —a verdad, ya los agarré—. Empiezan a crecer con esas historias. Y entonces esos que tenían cinco, cuatro, cinco, seis años, cuando nos alzamos en armas, cuando salimos que parecía que ya no íbamos a regresar, ahora tienen 17-18 años. Y ahora llevan este uniforme, ahora son insurgentes.
Entonces, toda una generación, la generación que salió a hacer la guerra —los que salimos a hacer la guerra—, tenemos ahora otra generación nueva, que nosotros decimos son los guerreros herederos. Una generación nueva que fue niño y niña, que no murió de enfermedad curable, y que ahora está dispuesta a morir luchando pues. Porque ya cambió. Pero ellos son mejores que nosotros —decimos nosotros— porque vieron otros mundos que nosotros no habíamos visto. Y lo vieron abajo, porque no es que llegaban a hablarles los diputados y senadores y los presidentes —porque les digo que allá no llega—, y los mundos que estuvieron conociendo era la gente jodida, sencilla y humilde, un poco porque hay que tener la paga para ir para allá.

Y entonces se empieza a ver esto y cuando nosotros vemos que ya no se cumplen nuestros derechos y nuestra cultura, que el gobierno nos burla. Así como explicó la compañera que se burlan de ella a la hora que le clausuran los gobiernos por favorecer a unos cabrones, o como nos platica pues el compa también vendedor ambulante que también le hacen trampa para sacarle dinero, o como los compas grafiteros que los persigue la tira y los hace como que son delincuentes, pues así también nosotros ¿no?
Y entonces cuando llega la idea de ¿qué vamos a hacer? entonces los compañeros y compañeras, nuestros jefes dicen:
—No pues hay que hacer lo que pasó estos doce años pero a lo bestia. O sea no oír unos cuantos, sino que vamos a oír a toda la gente en todo el país.
—No pues está cabrón —les dije—, no va a dar el tiempo pues. Ni que los traemos por turnos ni nada.
Entonces dicen:
—No, vamos.
—Pero ya fuimos, ya fuimos la marcha del color de la tierra, ya fuimos y hablamos en el congreso y los diputados, y la televisión y la radio, y las entrevistas y no, no salió.
—No, vamos a oír ahora. Así como nuestros niños se hicieron jóvenes y adultos escuchando esas historias, y así crecieron —entonces dicen—, vamos creciendo nosotros como zapatistas escuchando esa voz, esas luchas, esas historias. Pero de toda la gente de abajo.
Y entonces vamos a hacer esto que se llama La Sexta Declaración que es La Otra Campaña. Y entonces me dicen:
—Vete tú primero a ver cómo está.
—Gracias —les dije—.
—Pero diles claro que no es así que una pasada, pero también que no nos importa que llegamos y que hay una gran muchedumbre, que hay un chingo de gente. No, eso no nos importa. Lo que nos importa es que la gente que nos hable sea compañera, o sea que esté dispuesta a luchar junto con nosotros y con nosotras. Entonces ve a ver primero cómo está la jugada.

Es así como ustedes se asoman a ver si no hay la tira, y luego van y rayan la pared los grafiteros. Igual, a ver cómo está la situación ¿quiénes son compañeros, quiénes no? o quiénes nomás están agandallando, o quiénes sí son que nos van a hacer que aprendamos ese modo, el modo que hay aquí. Por ejemplo aquí en la Granja, o aquí en la colonia Tepeyac, o aquí en Puebla, o aquí en el estado de Puebla pues.
—Y entonces ya vamos nosotros y ya tardamos.

Y entonces ahí cuando nace esta idea que les platico desde mucho antes, entonces esto es lo que cambia. Lo que cambia ahora es que nosotros venimos a escuchar con ustedes. Pero cuando nosotros hacemos la Sexta Declaración, que decimos: ahora vamos por todo, porque dijimos en 1994 el precio de nuestra sangre eran los derechos y cultura indígena. En el 2006 ya subió de precio, ahora queremos todo, todo, para todos. O sea vivienda, trabajo digno, tierra, salud, educación, alimentación, independencia, democracia, libertad, justicia, paz, información, cultura, para todos.
Entonces decimos: cuando sacamos esta palabra hay que decir vamos contra el sistema capitalista.

Entonces muchos compañeros en México dijeron: “nosotros le entramos”, juntos. Nosotros dijimos: pero nos vamos a respetar mutuamente. “Sí”. No hay uno que va a mandar más que otro, vámonos pues parejo. Y entonces entraron niños, llegaron allá a las reuniones preparatorias niños y niñas, entraron adultos, ancianos, jóvenes, mujeres, organizaciones políticas de izquierda, colectivos culturales, colectivos de artistas, radios así alternativas —se dice— o comunitarias, gente que hace trabajo de cultura y de información, artistas… Un chingo de gente, pero de todo México ahora sí.
Entonces, cuando decimos nosotros: bueno, pues primero que se vaya el Marcos a ver cómo está el pedo —¿así se dice? ¿no? ¿o sea que ya estoy aprendiendo? bueno… ¡qué oloroso comienzo, pero bueno!—, entonces, para ver cómo está el dese. Entonces invitamos a los compañeros: vamos juntos, porque si no va a parecer que sólo EZLN. Y entonces dijeron varias organizaciones: “órale nosotros también vamos”. Y entonces se mete un grupo de compañeros y compañeras que le hacen pues a eso de la comunicación. Entonces nosotros hablamos con ellos y les dijimos: vamos a echar trato y la palabra que esté sacando cada quien en cada lado pues ustedes sáquenla en grabación, o sáquenla en video o en fotos, según cómo es, y lo mandemos a todas partes de México, pero abajo o sea que esto no sale en los periódicos ni en la televisión. Y entonces para que nos vayamos conociendo.

Y entonces hay gente aquí que les toma fotos a ustedes porque es tira. Pero hay gente que les toma fotos para que se vea cómo son las reuniones. Que a lo mejor los políticos dicen: “Ah pinche Marcos con trabajos junta 100, y de esos 100, 50 son tiras que yo mandé. Y los otros sí son gente de ahí, no hay problema. Pero es precisamente lo que nos proponemos. Nos proponemos estas pláticas así en corto, así con pocos, como se puede platicar pues más a gusto y rápido se ve quiénes son los tiras porque no son conocidos de acá.

Y entonces, otra gente en otras partes de México donde vamos a pasar dice: ¡ah! pues así está, de eso se trata. Se trata de que yo voy a hablar, y de que me van a escuchar, y otros también me van a escuchar. No se trata de que él nomás —como en otras veces, como en la marcha indígena, o como en las otras movilizaciones que hemos hecho—. No se trata de que el EZLN viene y tira un rollo, sino que al revés ahora se trata de que nosotros tiramos el rollo y contamos nuestra historia y nos empezamos a conocer. A lo mejor primero aquí en la colonia Tepeyac, o a lo mejor mismo aquí en la vecindad, en la ciudad, en el estado, y luego pues en todo el país.

Entonces se trata que a la hora, eso, que nos estamos conociendo unos a otros pues empezamos a decir: pues son nuestros mismos problemas y el responsable es el mismo ¿Qué hacemos solos? ¿Por qué seguimos solos? Cambiemos eso, vamos a unirnos. Ahí el problema de que vamos a unirnos es donde luego dicen: “pero, ¿quién va a mandar?”. Ahí es donde no nos gusta nada, pues. Nosotros decimos: no, esto no es una organización, es un movimiento donde cada quién tiene su organización, su pensamiento, su forma de luchar.

Y lo único que es igual es quién es el responsable del dolor. Y nosotros decimos que el responsable de que los ¿28 de octubre se llama? Los responsables que ésos se hayan hecho corruptos, y ahora están al servicio del gobierno y estén chingando a la gente a la que deberían defender es un sistema. Y es el mismo que persigue a los jóvenes, el mismo que no crea espacios culturales, es el mismo que no da servicios en las colonias populares, el mismo que hace que haya mucha pobreza en muchos, y mucha riqueza en pocos. Es un sistema.

Y entonces nosotros decimos: bueno ¿hasta dónde vamos? Hasta acabar con todo eso. No sólo acabar con los corruptos líderes que chingan a los locatarios del mercado, o sólo para que le den chance a los jóvenes de rayar las paredes. Sino de que acabe todo el sistema que nos tiene aparte. Y como decían los chavos —ahora sí termino con ellos— que también a los niños les impone, desde que son chavos, cómo deben hacerse y cómo deben comportarse y así dominarlos ¿no?

Y todo esto empieza y termina, compañeros y compañeras, en esto que se trata de ver las cosas donde no están todavía. Y un poco para usar el ejemplo de los que pintan, o de los que hacen grafiti en las paredes. Que nosotros decimos, nosotros como zapatistas, está cabrón porque ven una pared en blanco, o sin nada, y ya se imaginan el grafiti. Y lo empiezan a sacar como si, en lugar de salir de ellos, se lo estuvieran sacando a la pared. Así como ven un cuadro o un papel o lo que sea —el que pinta—, y como que hace que le dice al papel, como que lo hace hablar y salen las imágenes. Así como el que escribe literatura parece que está contando una historia que el papel ya traía y que nadie veía. Y así en cada caso de lo que vemos y hacemos como trabajo cultural.
Hagan de cuenta que igual nosotros los zapatistas es: ya vimos un mundo donde todavía no existe. Y en ese mundo que nos imaginamos nosotros —pero que ya estamos haciendo como que ahí existe—, estamos juntando todas las manos, todas las fuerzas para empezar a rascarle a éste, y hacerlo que, este mundo en el que estamos, hable y diga y muestre el mundo que realmente tiene: el de los de abajo. Los que grafitean, los que hacen arte, cultura, saben a lo que me refiero. Que nosotros por ejemplo no entendemos cómo le sacan a la pared que diga esas imágenes, o esas palabras que dice, o a un cuadro, o a un papel, o a una lira —como le dicen, pues—, pues igual nosotros. Caminamos el mundo, vemos a la gente y ya empezamos a ver lo que va a pasar.
Y ese es el problema con la Otra Campaña, que nosotros estamos haciendo como que ya ganamos, ya nada más estamos viendo quién va a ser el secretario de cultura y de arte. Y empezamos a hacer todo esto de llamar a la gente de que vamos a hacer esto, y por esto decimos: otra forma de hacer política es que hable la gente y hay que escucharla. Que eso que está hablando se junte en un Programa Nacional de Lucha. Porque como explicó el compañero aquí de La Ceiba, dice: “inauguraron un parque y lo que aquí se necesita es un hospital”. Eso es que no se toma en cuenta lo que dice la gente ¿no? Lo que dice la gente que lo necesita.

Entonces nosotros decimos: hacer la cuenta, las demandas que hay abajo y que por eso se luche. No por otra cosa. Y que ya cuando quede cabal este mundo, que nosotros ya estamos viendo como zapatistas, pues se necesita una nueva ley, que es una nueva Constitución. Y ahí tiene que estar lo de los pueblos indios, y lo de los niños, y lo de los jóvenes, y lo de los locatarios del mercado, y de los que hacen trabajo cultural. Y todas las historias que escuchamos aquí, y otras que ustedes no han escuchado, pero nosotros ya. Y que nosotros les pedimos que escuchen, que busquen en estos medios alternativos que vienen aquí con nosotros acompañándonos, porque ahí vienen otras historias de otros locatarios del mercado, de otros vendedores ambulantes, de otros niños, de otros que hacen trabajo cultural o artístico, de otros grafiteros. Y entonces van a sentir en su corazón como que crece, como que crece tanto que ya no cabe en uno y se necesita al otro, se necesita al compañero.

Eso es lo que nos proponemos en La Otra Campaña, sacar el corazón en colectivo que tenemos todos, y darnos cuenta de que sólo lo podemos cargar entre todos los que de por sí cargan las cosas desde que nacen, o sea, la gente de abajo.

Esa es mi palabra, compañeros y compañeras. A ver si logré meterles el freno, porque iban hechos madre. Gracias por escucharnos.

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