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Palabra del Ejército Zapatista de Liberación Nacional

Ene012003

México 2003: Otro calendario, el de la resistencia. Enero: Oaxaca, la primera estela (A pesar del nuevo viejo PRI, la historia resiste frente a la muerte). 

EJÉRCITO ZAPATISTA DE LIBERACIÓN NACIONAL.
MÉXICO.

 México 2003. Otro calendario: el de la resistencia

Lugar: montañas del sureste mexicano. Fecha: enero de 2003. Hora: la madrugada. Clima: frío, lluvioso, tenso. Altura: tantos metros sobre el nivel del mar. Visibilidad: sin focador no se ve un carajo.

En una champa, una sombra rivaliza con la fragilidad de la luz de una vela y, entre el humo del tabaco y del fogón, una mano hojea un calendario del año 2003, llegado recientemente al Cuartel General del EZLN.

Calendarios, dice la mano y agrega: Pero hay de calendarios a calendarios, y pone sobre la mesa dos fotos de la prensa: en una aparece el feto del que será nieto de Fox; en la otra, unas madres lloran a los niños muertos en Comitán, Chiapas.

Dice la mano: Aquí el calendario de un nacimiento con la bendición del Poder. Y acá otro calendario de muchas muertes por la irresponsabilidad del Poder.

La mano sigue hablando: Calendarios de nacimientos y de muertes, calendarios de pagos, calendarios de fiestas patrias, calendarios de viajes de funcionarios, calendarios de sesiones del gobierno. Ahora, en el 2003, calendario de elecciones. Como si no hubiera otros calendarios. Por ejemplo: el calendario de la resistencia. O tal vez de éste no se habla porque mucho exige y poco luce.

La mano se detiene un poco. El calendario queda cerrado. Parece que fue hecho por simpatizantes zapatistas. Cada mes tiene, además de fotos del tema, algún fragmento de los muchos mensajes que el EZLN dio en la marcha por la dignidad indígena, en febrero, marzo y abril del año 2001.

Esa marcha, dice la mano que ahora hojea una bocanada de humo. Lo más importante no fue lo que dijimos, y hace a un lado el calendario. Lo más importante fue lo que, callando, miramos. Si esos señores y señoras que se dicen pensantes hubieran visto con nuestros ojos lo que miramos callando, tal vez entenderían nuestro silencio de después y nuestra palabra de ahora. Pero no. Piensan que piensan. Y piensan que les debemos algo. Pero nada debemos a ellos. A quienes sí debemos, y mucho, es a quienes callados miramos callando. Para ellos fue nuestro silencio. Para ellos es nuestra palabra. Con ellos y para ellos son nuestras miradas y nuestras manos.

Y, como si tal, la mano señala un mapa de la República Mexicana.

La mirada sigue el camino de la mano y la mano reposa ya sobre una palabra:

OAXACA

Y sobre esa palabra se levanta la primera estela…

Enero: Oaxaca, la primera estela
(A pesar del nuevo viejo PRI, la historia resiste frente a la muerte)

(Estelas: piedras grabadas, trabajadas con la técnica de bajorrelieve,
que contienen representaciones
de personajes, fechas, nombres, hechos… y PROFECIAS.)

Es enero, mes que convoca pasado, presente y futuro. Es Oaxaca, tierra donde el ayer y el hoy son raíz del mañana.

En este suelo sobreviven indígenas mexicanos: mixtecos, popolocas, chochos, triquis, amuzgos, mazatecos, cuicatecos, chinantecos, zapotecos, chatinos, mixes, chontales, huaves, nahuas, zoques, ixcatecos y tacuates, además de una ignorada población agromexicana. El INEGI, en 1990, declaraba que en Oaxaca había más de un millón 300 mil indígenas mayores de cinco años.

Pero, tomando en cuenta criterios más amplios que los reducidos del INEGI, entre 60 y 70 por ciento de la población oaxaqueña es indígena. De un total de 570 municipios, 418 son llamados ”municipios indígenas” que se rigen por sus propias normas de gobierno, lo que algunos llaman ”usos y costumbres”.

Es enero y es Oaxaca, y avanza el sol sobre un cerro de punta trunca y peinado con construcciones prehispánicas.

Tiempos distintos han dado nombres diferentes a esta montaña. Y así fue nombrado Cerro del Tigre, y Cerro de Piedras Preciosas lo llamaron, y Cerro del Pájaro Puro de él se dijo. Ahora Monte Albán lo llaman los presentes.

Monte Albán. A sus pies brilla el soberbio desorden de la ciudad de Oaxaca, capital de esta provincia que, como todas las de México, sólo es noticia cuando sufre el paso de huracanes, terremotos y falsos gobernantes, o cuando la agobiante pobreza sigue el camino de la rebeldía armada.

Como si la historia sólo contara cuando narra las derrotas, desesperaciones y miserias de quienes son abajo, y olvidara lo fundamental: la resistencia.

El sol sigue su camino.

Viniendo también del oriente, una guacamaya sobrevuela el valle de Tlacolula, gira sobre el valle de Etla y, en el valle de Zaachila, después de recorrer los cuatro puntos cardinales, enrumba a Monte Albán. Planea sobre el complejo de edificios, todos orientados siguiendo el eje norte-sur.

Todos menos uno. Semejando una flecha, un edificio rompe la supuesta armonía y apunta el vértice hacia el suroeste.

Como una pieza fuera de lugar en el complicado rompecabezas de la arqueología mesoamericana, este edificio pudo haber señalado un punto astronómico, visual o aun auditivo, pero también lleva a pensar en algo trunco y no sólo espacial, también y sobre todo temporal. Pareciera un llamado de atención, una irrupción del absurdo en medio de un orden aparente.

Como absurda es la imagen de esa guacamaya y lo que se ve bajo su vuelo vigilante y protector. En la plataforma sur de Monte Albán, frente a la séptima estela, se recuenta una historia que viene de una cueva que es todas las cuevas…

Sabe la sangre indígena que la tierra esconde el vientre fértil que engendró todos los tiempos, y cuentan sabios indígenas zapotecos que fue dentro de un cerro donde el tiempo y la vida empezaron su trabajoso camino.

Antes de eso, aquel que no se puede tocar con el pensamiento, el Coqui Xee, dormía en una cueva. Era ésta la gruta del tiempo sin tiempo, donde no había lugar ni para el principio ni para el fin.

Vino entonces en su corazón del Coqui Xee la voluntad de mover el mundo y, hecho luna escondida, se miró hacia dentro de sí y nació a Cosana y a Xonaxi, que así llamaron los antiguos zapotecos a la luz y a la oscuridad.

Con su pie del uno y el otro, caminó entonces el mundo sus pasos primeros. El que no tiene principio, el intocable por la razón, Coqui Xee, se nació a sí como luna nueva y así comenzó su largo paso en el mundo de la noche, mientras de día descansaba en la tierra del mixe, en Cempoaltépetl.

Cosana, el señor de la noche y el fuego que parió al sol, se hizo tortuga para andar la tierra y fue así creando a los hombres de la mano de Xonaxi, quien se hizo guacamaya para andar los cielos, cuidar a los hombres y mujeres, y mirar que nacieran con bien.

Volando la noche, la Xonaxi pintó de luz su camino para no perderlo y su huella de luz arenosa hoy es nombrada Vía Láctea.

Del abrazo de la luz y la oscuridad, del cielo y la tierra, salió el relámpago, Cocijo, padre bueno, hacedor de la buena tierra y guía de quienes la trabajan y la hacen parir el alimento.

Dador de la salud, sanador de la enfermedad, señor de la guerra y la muerte, con el 13 Flor en su bandera, Cocijo se partió en cuatro para estar en los cuatro puntos que miden el mundo. Para nombrar la muerte y el dolor, habitó el norte pintado de negro. Para llamar la felicidad sentado estuvo en el oriente con la ropa anaranjada. En occidente se puso manto blanco para marcar el destino. Y para decir la guerra, se vistió de azul y caminó el sur.

Casó el relámpago, nuestro padre, con la mujer del huipil adornado de flores y serpientes, la nombrada Trece Serpiente, Nohuichana. Ella, nuestra madre, la dadora de la vida en el vientre de las mujeres, en el lecho de ríos y lagunas, en la lluvia, la que va de la mano de hombres y mujeres desde el nacimiento a la muerte, fue y es reina buena para quienes dieron y dan color al color de esta tierra.

Y cuentan los que saben y callan, que cada tanto vuelven el relámpago y la lluvia, y con ellas vuelven el amor y la vida, hechos una mujer y un hombre cualesquiera, a quienes lo absurdo opone obstáculos, tal vez sólo para aumentar el brillo que en la mirada les anda.

Si es cierto, como es de por sí, que la vida caminó primero hecha líquido en las cuevas que abundan en suelos indígenas, que las cuevas fueron y son el vientre que los dioses primeros se dieron a sí mismos para nacerse y hacerse, y que las grutas no son sino los huecos que el florear de la vida dejó en la tierra como cicatrices, entonces es dentro de la tierra donde podríamos leer, además del pasado, los caminos que habrán de llevarnos al mañana.

En este enero, la pareja creadora, Cosana y Xonaxi, abrazan el vientre de la tierra y la alivian para convertirlo en fértil sementera. No sólo para que en él se reavive la lucha del rebelde que es colectivo, porque sólo así se puede ser rebelde, sino también para que ahí nazca el sueño con el color de quienes somos el color de la tierra.
La historia callada ahora. Y siempre es más lo que calla que lo que habla. Silencio…

Arriba una tormenta saluda con relámpagos el decidido vuelo de la guacamaya…

Abajo queda Monte Albán con su edificio flecha rompiendo la monotonía de todo el conjunto ceremonial, y advirtiendo que faltan piezas para entender lo que vemos. Como si nos recordara que es más grande y maravilloso lo faltante, lo que no vemos.

Porque cuando vemos lo que ahora vemos, la vanidosa Monte Albán, inútilmente buscamos una continuidad. En realidad sólo vemos una foto, una instantánea, una imagen de un reloj que detuvo su marcha en una fecha determinada.

Pero se trata de un reloj discontinuo. Sólo para el poderoso la historia es una línea ascendente donde la cúspide es siempre su hoy. Para quien abajo es, el quehacer histórico es una interrogante que sólo se responde mirando hacia atrás y hacia delante, dibujando así nuevas preguntas.

Así que hay que cuestionar lo que tenemos frente nuestro. Preguntar, por ejemplo, quiénes están ausentes y sin embargo hacen posible que estén presentes imágenes de dioses, caciques y sacerdotes.

Preguntar por quienes callan cuando estas ruinas hablan.

En Monte Albán no son pocas las estelas. Ellas señalan calendarios cuya comprensión se está definiendo. Pero no olvidemos que representan los calendarios de quienes detentaban el poder en esos tiempos, y que esos calendarios no contemplaron la fecha en que la rebeldía de abajo habría de colapsar ese mundo. Como un terremoto, el descontento de entonces sacudió la estructura social entera y, dejando en pie los edificios, acabó con un mundo ajeno a la realidad de todos.

Desde tiempos antiguos, las elites gobernantes fabrican calendarios de acuerdo con el mundo político, que no es sino un mundo que excluye a los más. Y la disparidad entre esos calendarios y los que son vida abajo es la que provoca los terremotos en los que abundan nuestra historia.

Por cada estela que el poder esculpe en sus palacios, otra estela abajo surge. Y si estas estelas no son visibles es porque no son de piedra, sino de carne, sangre y hueso, y siendo del color de la tierra aún son parte de la caverna en las que el futuro madura.

Los edificios que, cual penacho, coronan el también llamado Cerro del Tigre, no pertenecieron a quienes con su esfuerzo y sabiduría los levantaron y mantuvieron. ”La arquitectura monumental, en casos como el de Monte Albán y otros sitios del área cultural mesoamericana, es la respuesta a la necesidad de un espacio destinado a las ceremonias, que corresponde a las exigencias organizativas de una clase social sacerdotal con un status muy superior al común de la población agrícola. Así, los edificios de Monte Albán, desde su primera época, estuvieron destinados a reproducir el sistema político basado en el culto religioso y a mantener en el poder a su clase dirigente; la población de las aldeas y los pueblos del valle era la encargada del suministro de todos los bienes de consumo de esa clase, así como de proporcionar la mano de obra para la construcción de los edificios y su permanente mantenimiento. Otra obligación era proporcionar todos los suministros necesarios para la realización de las ceremonias y el material humano indispensable para los mismos” (Robles García, Nelly. Monte Albán. Codees Editores).

Fue el poderoso el que disfrutó del trabajo del de abajo, el trabajo que levantó estas construcciones que sorprenden menos que la soberbia que las liquidó. Porque Monte Albán, como muchas veces sucede con los espacios en los que el poder reside, se colapsó por la rebeldía de abajo, provocada a su vez por la indiferencia de los gobernantes.

Para los conquistadores españoles, la doble lección de Monte Albán (el avanzado desarrollo de una cultura y el abandono provocado por la soberbia gobernante) pasó desapercibida. Para la corona española del siglo XVI, como para el neoliberalismo de principios del siglo XXI, la única cultura es la del que domina. Y, como ahora para el capitalismo salvaje, para el poder español las tierras indígenas no eran entonces sino una fuente abundante de mano de obra. Bajo el poder español, condenada a bestiales trabajos forzados en las minas, casi 90 por ciento de la población indígena en Oaxaca desapareció. Pero su dolor siguió bajo tierra y en las grutas se hizo rebeldía, rebeldía que alimenta hoy al color de la tierra.
Y lo que vale para los pueblos indios de Oaxaca, vale también para los demás indígenas de México: su riqueza cultural fue y es despreciada (unas veces por la destrucción directa, otras por la ignorancia, algunas más por el racismo, y siempre por el repudio a lo diferente) por quienes son poder y dominio.

Si al ver los restos de las llamadas culturas prehispánicas el espectador común se maravilla e imagina el esplendor que tenían, más se maravillaría al constatar la fría crueldad y la salvaje estupidez de quienes la han destruido (y el desprecio y la comercialización son también una forma de destrucción) e ignorado. Y todavía se sorprendería más al saber que esas culturas no han desaparecido, que subsisten y se renuevan en el México subterráneo.

Así que mal se hace al achacar a la raza española, o a cualquier otra, el largo dolor de los pueblos indios de México. Fue y es el poderoso que, sin importar la raza a la que pertenezca, reafirma su dominio con la destrucción de la identidad del dominado.

Desde que México se liberó del dominio español, los dueños del dinero y sus políticos han llevado adelante la destrucción de la cultura indígena con igual o mayor saña que los conquistadores hispanos en el siglo XVI.

En fechas recientes, voces inteligentes se han alzado para advertir que la reforma salinista al artículo 27 constitucional (que permite la venta de tierras ejidales a particulares) afectará seriamente las zonas de monumentos arqueológicos. Una de estas zonas es Monte Albán, donde resulta que parte de su territorio original estará ahora en manos de la iniciativa privada (El Universal, 28/II/2002). O al menos eso pretenden los gobiernos neoliberales.

Pero hay resistencias. Los habitantes de los municipios de San Pedro Ixtlahuaca, Santa Cruz Xoxocotlán y Santa María Atzompa se han organizado para evitar esa privatización de la historia. Agrupando a ejidatarios, comuneros, pequeños propietarios y colonos, la organización llamada Frente Zapatista contra la Privatización y el Despojo Neoliberal pone en su nombre su vocación y su tarea.

Desde mediados del año 2001, estos oaxaqueños denunciaban lo que se venía: la privatización de Monte Albán; que detrás de los proyectos gubernamentales no estaba el interés de preservar esa zona arqueológica, sino el venderla para construir hoteles, centros de convenciones y locales comerciales.

Un año después, en 2002, el gobernador Murat daba un paso adelante en el sueño de Salinas de Gortari: el proyecto Monte Albán Siglo XXI, privatizando tierras ejidales en los alrededores del complejo arqueológico y reprimiendo a quienes se oponen a esta comercialización de la historia. Sin embargo, la resistencia se mantiene, aunque esté alejada de los medios de comunicación. ”Nosotros somos los verdaderos defensores de la zona arqueológica de Monte Albán, porque es nuestra casa y también la casa de todos los mexicanos, pero en esta lucha permanente por tratar de cuidarla y protegerla resistimos culturalmente y nos enfrentamos contra quienes pretenden destruirla, restringiendo el uso y destino de nuestras tierras en beneficio de los grandes inversionistas”, dicen y se comprometen estos indígenas rebeldes.

El viejo nuevo PRI, con José Murat, Diódoro Carrasco y Heladio Ramírez disputándose el botín, sigue la ruta que le marcó su último gran dirigente: Carlos Salinas de Gortari. Para ello recurren a su argumento más socorrido: la represión.

Sin embargo, a pesar de la represión, en Oaxaca hay algunos de los ejemplos más vivos de la resistencia antineoliberal, y la totalidad de ellos no sólo se dan a pesar de los partidos políticos, también en contra de ellos.

En diciembre pasado, un grupo de jóvenes que se agrupan en torno a la cultura, fueron atacados por la policía de Juchitán, desalojados, y sus miembros son todavía perseguidos por el gobierno municipal ”democrático”.

En la Sierra Norte de Oaxaca, el Consejo Indígena Popular de Oaxaca Ricardo Flores Magón ha sufrido golpes duros por negarse a la rendición o sumarse a las facciones de Murat, de Diódoro (aquel que, siendo secretario de Gobernación de Zedillo, “operó” la derrota del PRI en las elecciones de 2000) o de Heladio.

En la Sierra Sur (pero no sólo ahí), la Alianza Magonista Zapatista, la Coalición de Organizaciones del Estado de Oaxaca, el Comité de Defensa de los Derechos del Pueblo, la Coalición de Organizaciones Independientes de la Cuenca, el Frente Amplio de Lucha Popular, el Frente Civil de Teojomulco, el Frente Unico de Defensa Indígena, las Organizaciones Indias por los Derechos Humanos de Oaxaca, la Unión de Campesinos Pobres y la Unión de la Juventud Revolucionaria de México se han conformado en la Coordinadora Oaxaqueña Popular Magonista Antineoliberal y construyen uno de los procesos de resistencia más interesantes.

No sólo. La resistencia oaxaqueña abunda en sabiduría, decisión y nombres: Servicios del Pueblo Mixe, Unión de Organizaciones de la Sierra Juárez de Oaxaca, Unión de Comunidades Indígenas de la Región del Istmo, la Coordinadora Estatal de Productores de Café de Oaxaca y el Movimiento Unificado de Lucha Trique, por mencionar algunas de las muchas que hay sobre el suelo oaxaqueño.
Y no pocas veces la resistencia toma el nombre de los municipios que la enarbolan. Así aparecen: Quetzaltepec-Mixe, San Pedro Yosotatu, Unión Hidalgo, Yalalag, y otros que pueblan de rebeldía la geografía oaxaqueña.

Difícilmente verá usted a miembros de estas organizaciones o de estos municipios compitiendo para ser diputados. Su vocación no es el Poder, sino el servicio. Así lo mandan los antiguos que levantaron la grandeza de Monte Albán y cuya rebeldía derrumbó a quienes gobernaban con soberbia.

Pero si los neoliberales del PRI o del PAN o del PRD se salen con la suya, estaríamos frente a la posibilidad de que la historia de México se convierta en una empresa más que cotice en la Bolsa de Valores: Historia de México Company SA de CV. ¿Qué valor, además del de escenografía turística, le puede dar el capital a la arqueología prehispánica?

Cuando los prestanombres del gran dinero (Diego Fernández de Cevallos y sus patiños Manuel Bartlett y Jesús Ortega, de PAN, PRI y PRD, respectivamente) en el Congreso mexicano dieron al traste con el reconocimiento constitucional de los derechos y la cultura indígenas, no sólo remedaron a los encomenderos de la época colonial, también y sobre todo aseguraron que la historia de México fuera una mercancía más en el mercado internacional. Si la forma en la que lo hicieron recuerda el teatro de vodevil es porque los políticos no suelen resistir la tentación de hacer el ridículo.

Pero no sólo para poseer la historia es que el poderoso la compra, también para evitar que sea leída como es ley, es decir, viendo hacia delante.

La historia de arriba sigue diciendo “fueron” a quienes son todavía. Así hace porque allá arriba sólo cuenta el recambio de quienes son poder. Así, el tiempo del poderoso sólo termina cuando otro poderoso lo desplaza.

Pero abajo el tiempo sigue fluyendo.
Al responder la incógnita que plantea el pasado histórico, quien está abajo descifra líneas quebradas, subes y bajas, valles, lomas y hondonadas. Sabe así que la historia no es más que un rompecabezas que lo excluye como actor principal y sólo le reserva el papel de víctima.

La pieza que falta en la historia nacional es la que completa la falaz imagen del único de los mundos posibles, el actual, sino la que incluye a todos en su verdadero tamaño: la lucha continua entre quienes se pretenden la culminación de los tiempos y quienes saben que la última palabra se construye resistiendo, a veces en silencio, lejos de los medios de comunicación y de los centros de Poder.
Sólo así es posible entender no sólo que el del presente no es el mejor ni el único mundo posible, tampoco sólo que son posibles otros mundos, sino, sobre todo, que esos mundos nuevos son mejores y son necesarios. Mientras eso no ocurra, la historia no dejará de ser una colección anárquica de fechas, lugares y vanidades de distintos colores.
La grandeza de Monte Albán no se completará con el descubrimiento de más templos, tumbas o tesoros, ni siquiera con la reconstrucción exacta de su indudable esplendor. Monte Albán estará completo, y con ello será parte de la historia real de nuestro país, cuando se entienda que quienes lo hicieron posible, quienes lo levantaron y mantuvieron, y cuya rebeldía socavó la soberbia que lo habitaba, aún viven y luchan, no para que Monte Albán y su poderío renazcan y la historia dé un vuelco imposible hacia atrás, sino para que se reconozca que el mundo no estará completo si no incluye a todos en la mañana.

El movimiento indígena en el que se inscribe el zapatismo no pretende volver al pasado y mantener la pirámide injusta de la sociedad, sólo cambiando de color la piel del que arriba manda y dispone. La lucha de los pueblos indios de México no apunta hacia atrás. En un mundo lineal donde el arriba se considera eterno y el abajo inevitable, los pueblos indios de México rompen con esa línea y apuntan a algo aún por descifrar pero ya nuevo y mejor.

Quien viene de abajo y de tan lejos en el tiempo, tiene, es cierto, lastres y dolores. Pero éstos le fueron impuestos por quienes hicieron de la riqueza su dios y su coartada. Y también, quien viene con paso tan dilatado, muy lejos puede ver y en ese lejano punto que su corazón adivina hay otro mundo, uno nuevo, uno mejor, uno necesario, uno donde caben todos los mundos…
Si con su avasallante y estúpida marcha los neoliberales dicen “no hay más cultura que la nuestra”, abajo, con el México subterráneo que resiste y lucha, los pueblos indios de Oaxaca advierten: ”hay otras grutas como la nuestra”.

Desde las montañas del Sureste Mexicano

Subcomandante Insurgente Marcos.


México, enero de 2003

 

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