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Palabra del Ejército Zapatista de Liberación Nacional

Sep301999

7 veces 2. Carta dos. 

EJERCITO ZAPATISTA DE LIBERACION NACIONAL
MEXICO

Septiembre de 1999.

Para Rodolfo Peña,
Otro abrazo equivocado de la muerte.

“Cuando te voy a escribir
se emocionan los tinteros;
los negros tinteros fríos
se ponen rojos y trémulos,
y claro calor humano
sube desde el fondo negro.

Cuando te voy a escribir,
Te van a escribir mis huesos;
Te escribo con la imborrable
tinta de mi sentimiento”.

Miguel Hernández

Ahora es uña de nácar la luna, y su rasgueo en las cuerdas de la noche produce una tempestad en toda forma. Asustada se esconde la luna, niña blanca, luz morena que se arropa con obscuros nubarrones. Ahora es la tormenta la señora de la noche y los relámpagos dibujan, en breve y apresurado trazo, árboles y sombras necias.

Allá abajo se llueve muchas veces, tantas como se duele la guerra. Se duele y se recuerda, porque es la memoria la que vuelve fértil el dolor. Sin ella nomás doliera doliendo el doliente dolor y nada se nacería ni nada, por tanto, crecería acumulando calendarios, que cada uno es una vida.

La sombra escribe o dibuja. Hay un 15 doble, segundo dos del siete, que es aniversario y fiesta y recuerdo y dolor y alegría y memoria.

Apenas salió la carta uno, paloma de muerte, cuando ya la sombra que nos ocupa empieza a afilar la punta de la segunda. Si la uno fue para quien se marchó, la dos es para quien está siguiendo la senda del ausente. El largo y húmedo caminar de agosto, hasta septiembre se llega y alcanza fechas de celebraciones y recuerdos.

Como memoria insatisfecha, la lluvia tamborilea su impaciencia sobre el techito y, más de una vez, el viento burlón cierra luces y da en el lodo con papeles y tinta. La sombra se afana entre abrir velas y levantar papeles como si de vientos se tratara para quien navega.

Una hoja queda en un rincón de la champita y, bajo el pestañeo de los rayos, algo se alcanza a leer. Un momento. Trataré de acercarme. Claro, el lodo. Y esta niebla que se deja caer así nomás. Es difícil. Bien, ya está. Esto es lo que alcanzo a ver…

Carta dos

Les propongo entonces, con la
gravedad de las palabras finales de la vida, que nos abracemos en un compromiso: salgamos a los
espacios abiertos, arriesguémonos por el otro, esperemos, con quien extiende sus brazos, que una
nueva ola de la historia nos
levante. Quizá ya lo está haciendo, de un modo silencioso y
subterráneo, como los brotes que
laten bajo las tierras del invierno.

Ernesto Sábato, Antes del Fin

A: todas y todos los que trabajan en La Jornada.
De: SupMarcos.

Damas y caballeros:

Iba a poner “hermanos y hermanas” pero a los periodistas no se les puede dar ese trato porque luego Rodríguez Alcaine pide las ídem y pues tampoco se trata de emparentar con criminales, ¿o qué?

¿En qué estaba? ¡Ah, sí! En “Damas y caballeros”, sigo pues:

Les escribo a nombre de los hombres, mujeres, niños y ancianos del Ejército Zapatista de Liberación Nacional para desearle a todas y a todos un muy feliz 15 aniversario y que los cumplan muy felices por siempre jamás.

No agregaré más a lo que ya les deben haber dicho sobre la importancia de su quehacer periodístico, acaso sólo recordar y recordarles a muchos de memoria flaca y selectiva (como los que brincan sobre los techos de los autos; by the way, a nosotros no nos molesta la idea de que Monsiváis tenga un puesto en el próximo gabinete, sería la primera vez que alguien con sentido del humor ocupe un puesto así, aunque es de suponer que lo perdería -el sentido del humor o el puesto-, así que a qué desvelarse), que La Jornada ha sido siempre sensible a los movimientos sociales y a lo que abajo bulle y balbucea.

Cuando “la nota” la dan los de abajo no es sólo porque su movimiento sacude al sistema mexicano, también porque hay quien se preocupa de dar cuenta del hecho y contribuir así a esa memoria cotidiana que hoy aparece caótica, desordenada y angustiante, pero que habrá de acomodarse luego en eso que llaman historia. No sólo La Jornada, es cierto, pero también La Jornada se ha convertido en una página importante del apunte que lleva para su memoria la historia contemporánea de nuestro país.

Imaginamos que no ha sido fácil llegar a los 15 años siendo lo que son, con tanto en contra, en medio de tantas envidias, recelos, ambiciones… y ausencias como la de don Rodolfo F. Peña. Por eso, además de felicitar a quienes hacen hoy La Jornada, quisiéramos felicitar a quienes la hicieron y, desde donde se encuentran, a su modo y a su paso acompañan el orgullo de “los jornaleros”.

Pero bueno, no hay que ponerse dramático y hay que recordar que se trata de una celebración. Así que, por esta única vez (puesto que 15 doble, como se verá más adelante), revelaremos algunos de los premios especiales que, año con año, conceden los zapatones.

Es preciso aclarar que para decidir quién obtiene los premios somos muuuy científicos y “posmodernos”, así que (acertó usted) hicimos ¡una encuesta! Conducida por la seria empresa “Marco’s Publishing Very Baratito” fueron encuestados los 298 zapatistas que quedan (bueno, quedamos 300, pero dos estaban acostados) y los 4 millones 265 mil 312 ex zapatistas que “desertaron” y-que-han-vuelto-a-la-legalidá-porque-Albores-tiene-los-pantalones-bien-fajados-y-no-bravuconea-nomás-ladra- y-esto-es-una-muestra-más-de-que-el-estado-de-derecho-es-una-realidá-en-Chiapas-y-qué-importa-la-redacción- para-gobernar-Chiapas-se-necesita-mano-dura-y-no-buenos-modales.

Los premios quedaron, para este 1999, como sigue:

La mejor columna de análisis político en 1999: Trino, por Policías y Ladrones y El Rey Chiquito.

La sección más leída en 1999 (y en los 15 años, me cai’): Socorro Valadez por “El Correo Ilustrado”.

La mejor caricatura en 1999: Héctor Aguilar Camín, por himself.

La sección más odiada en 1999 (y en los 15 años, neta): la de anuncios y cartelera.

La mayor injusticia en 1999: mandar los suplementos sólo a suscriptores.

El mejor sindicato de La Jornada en 1999: Sitrajor.

El mejor director de La Jornada en 1999: No es un “El”, sino una “La”, Carmen Lira.

El trabajo más ingrato de 1999 (y de los últimos cinco años): “capturar” los comunicados del Sup al cuarto para las doce (no le aunque, raza, acá les aplaudimos y no incorporamos la demanda de que les suban el sueldo nomás para que no digan que a cada rato ampliamos nuestro pliego).

El mejor homenaje para La Jornada en 1999: la requisa de diarios en Chiapas que El Croquetas Albores ordenó durante varios días.

Lo más lamentable de 1999: no habernos invitado al reventón de los 15 años (¿a poco ya tenían un chambelán de nuestra categoría?).

El resto de los premios no pueden ser revelados por obvias razones (o sea que no hay espacio).

Bueno, estimadas y estimados jornaleros y jornaleras, felicidades y no se atasquen de bocadillos y bebidas porque luego se va a necesitar un suplemento de “fe de erratas” igual de pesado que el “debate” de los cuatro fantoches,

Un abrazo a quienes, como ustedes, se arriesgan por el otro.

Vale. Salud y que al 15 se sigan muchos calendarios siempre mejores.

Desde las montañas del Sureste Mexicano.

Subcomandante Insurgente Marcos.

México, septiembre de 1999.

P.D. QUE, COMO SE VERÁ A CONTINUACIÓN, EXPLICA EL POR QUÉ DEL 15 DOBLE, COMO ESTE ES EL SEGUNDO DOS DEL SIETE.

Hace 15 años…

Cada agosto, año tras año, las montañas del sureste mexicano se las arreglan para parir una madrugada particularmente luminosa. Ignoro las causas científicas, pero en esa madrugada, una sola en todo el desconcertante agosto, la luna es un columpio de nacarado vaivén, las estrellas se acomodan para ser contorno y objeto, y la Vía Láctea luce orgullosa sus mil heridas de luz coagulada. Este agosto de finales de milenio, el calendario anunciaba el día sexto cuando esta madrugada apareció. Así, con el lunado balanceo, se llegó el recuerdo de otro agosto y otro 6, cuando hace 15 años iniciaba mi entrada a estas montañas que fueron y son, sin quererlo ni proponérmelo, casa, escuela, camino y puerto. Empecé a entrar en agosto y no acabé de hacerlo hasta septiembre.

Debo confesarles algo, cuando subía trabajosamente la primera de las empinadas lomas que abundan en estos suelos, sentí que sería la última. No iba yo pensando en la revolución, en los altos ideales del ser humano o en un futuro luminoso para los desposeídos y olvidados de siempre.

No, yo iba pensando que había tomado la peor decisión de mi vida, que el dolor que me apretaba más y más el pecho terminaría por cerrar definitivamente la cada vez más raquítica entrada de aire, que lo mejor sería regresarme y dejar que la revolución se las arreglara sin mí, a más de otros razonamientos parecidos. Si no regresé, fue simplemente porque no conocía el camino de retorno, y sólo sabía que debía seguir al compañero que me precedía y que, a juzgar por el cigarro que fumaba mientras cruzaba el lodo sin ninguna dificultad, parecía estar de paseo. No pensé que algún día podría yo subir una loma fumando y sin sentir que me moría a cada paso, tampoco que alguna vez podría sortear el lodo que abundaba abajo tanto como las estrellas arriba. No, yo ya no pensaba, estaba concentrado en cada respiración que trataba de hacer.

En fin, el caso es que en algún momento alcanzamos la punta más alta de la loma y quien venía al mando de la raquítica columna (éramos 3) dijo que descansaríamos ahí. Me dejé caer en el lodo que me pareció más cercano y me dije que tal vez no sería tan difícil encontrar el camino de regreso, que bastaba caminar hacia abajo otra eternidad y que algún día llegaría al punto donde el camión de redilas nos había dejado. Estaba yo haciendo mis cálculos, incluyendo los pretextos que daría y me daría a mí mismo por haber abandonado el inicio de mi carrera como guerrillero, cuando el compañero se me acercó y me ofreció un cigarrillo. Negué con la cabeza, no porque no quisiera hablar, sino porque traté de decir “no gracias” pero sólo me salió un gemido.

Después de un rato aprovechando que la persona que iba al mando se había retirado un poco para satisfacer necesidades biológicas que llaman primarias, me incorporé como pude sobre la vieja escopeta calibre .20 que portaba, más como bastón que como arma de combate. Así pude ver desde lo alto de esa montaña, algo que me impactó profundamente.

No, no mire hacia abajo, no hacia el retorcido garabato del río, ni a las débiles luces de los fogones que mal alumbraban un caserío lejano, tampoco a las montañas vecinas que dibujaban la cañada salpicada de pequeños pueblos, milpas y potreros.

Miré hacia arriba. Vi así un cielo que era regalo y alivio, no, más bien una promesa, Estaba la luna como sonriente y nocturno columpio, las estrellas salpicaban azules luces y la anciana serpiente de luminosas heridas que ustedes llaman “Vía Láctea” parecía reposar su cabeza allá, muy lejos.

Quedé viendo un rato, sabiendo que había que subir esa loma endemoniada para ver esa madrugada, que eran necesarios el lodo, los resbalones, las piedras que afuera y adentro de la piel dolían, los pulmones cansados e incapaces de jalar el aire necesario, las piernas acalambradas, el angustiado aferrarse a la escopeta-bastón para poder así liberar las botas de la prisión del lodo, el sentimiento de soledad y desolación, el peso que llevaba a la espalda (que, después lo supe, era sólo simbólico, pues en realidad se cargaba siempre el triple o más; en fin, el tal “símbolo” a mí me pesaba toneladas), que todo eso -y mucho más que vendría después- es lo que había hecho posible que esa luna, esas estrellas y esa Vía Láctea estuvieran ahí y no en otro lado.

Cuando escuché a mis espaldas la orden de reanudar la marcha, allá en el cielo una estrella, seguramente harta de encontrarse sujetada al techo negro, logró desprenderse y, cayendo, dejó en la nocturna pizarra un breve y fugaz trazo. “Eso somos -me dije-, estrellas caídas que apenas arañan el cielo de la historia con un garabato”. Según yo, esto sólo lo pensé, pero parece que lo pensé en voz alta porque el compañero preguntó: “¿Qué dijo?”. “No sé -contestó quien tenía el mando-, debe ser que ya le empezó a dar fiebre. Tenemos que apurarnos”.

Esto que les cuento fue hace 15 años. Hace 30, algunos arañaron la historia y, sabiéndolo, empezaron a llamar a otros muchos para que, a fuerza de rayones, rayitas y rayas, acabara por romperse el velo de la historia y se viera al fin la luz, que ésa, y no otra cosa, es la lucha que nosotros hacemos. Así que si nos preguntan qué queremos, sin empacho responderemos: “Abrirle una rendija a la historia”.

Tal vez ustedes se pregunten qué pasó con mis intenciones de regresarme y de abandonar la vida guerrillera, y supongan que la vista de esa primera madrugada en la montaña me había hecho abandonar mis ideas de huir, levantó mi moral, y solidificó mi conciencia revolucionaria. Se equivocan. Puse en marcha mi plan y bajé la loma. Lo que ocurrió es que me equivoqué de lado, en lugar de bajar por la cuesta que me llevaría de vuelta a la carretera, y de ahí a la “civilización”, bajé por el lado que me adentraba más en la selva y que me llevaría a otra loma, y a otra, y a otra…

Eso fue hace 15 años, desde entonces sigo subiendo lomas y sigo equivocando el lado por el que bajo, agosto sigue pariendo cada 6 una madrugada especial, y todos nosotros seguimos siendo caídas estrellas arañando apenas la historia.

Vale de nuez, salud y… ¡un momento!, esperen. ¿Qué es aquello que relumbra a lo lejos? Parece una rendija…

El Sup arriba de la loma echando un volado para ver por cuál ladera baja…

 

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