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Palabra del Ejército Zapatista de Liberación Nacional

Jul311996

Ponencia de Don Durito de la Lacandona para la mesa 7 (Cultura y Medios de Comunicación en la Transición a la Democracia), Foro Especial para la reforma del Estado

Ponencia de Don Durito de la Lacandona para la mesa 7:
Cultura y Medios de Comunicación en el Tránsito a la Democracia.

Julio recoge la húmeda herencia del nocturno junio y, sin embargo, permite que algo de sol se cuele en el día gris. La luna ofrece, como consuelo por su ausencia, la nostalgia de ceibas y lodos. Un satélite de fallida inteligencia militar se aburre y bosteza ostensiblemente. Allá abajo, se adivina, hombres y mujeres hablan y escuchan, caminan, se tropiezan y caminan de nuevo, buscan. Buscan muchas cosas, por ejemplo, buscan encontrar lo que buscan. Parecen alegres en esa búsqueda. No se ve nada especial en ellos, parecen hombres y mujeres comunes y corrientes. Bueno, parece que alguno de ellos es particularmente narigón, pero fuera de esos detalles, todo parece normal. Sí, podríamos decir que el Poder puede estar tranquilo. No se detecta ningún peligro importante, no hay armas ni nada parecido, sólo palabras. Bueno, creo que hoy será un día normal, un día y una noche con hombres y mujeres hablando.

¡Un momento! ¿Qué es aquello que se cuela por la rendija de la puerta de éste que llaman el Sup? ¿Es una cucaracha? No. Los poderosos aparatos electrónicos del satélite empiezan a analizar todos los datos: tamaño, peso específico, textura, forma, velocidad, cadencia, y los etcéteras que este complicado software ha incorporado para justificar su elevado precio. En cuestión de segundos, la computadora espacial termina de confirmar los datos e inicia su confrontación con el gigantesco archivo que contiene todos los datos de todos los probados probables enemigos del Poder y de sus buenas costumbres. De pronto suenan las alarmas y se encienden focos de colores. Uno pensaría que se trata de un árbol de Navidad si no fuera porque en la pantalla se lee, claramente: “¡Peligro supremo!”. La computadora parece cibernéticamente aterrorizada. En las grandes capitales, la soberbia activa sus planes de ultradefensa. Los centros financieros registran la peor catástrofe de su historia. Unidades militares fuertemente armadas toman nerviosas posiciones en todas las fronteras. ¿Qué ocurre? En todas las pantallas aparece la respuesta.

“¡Peligro supremo! Durito. ¡Peligro supremo! Durito”.

Ver “D” de “Don”, “Durito”, “Desfacedor de entuertos”,”E” de “Escarabajo” y “Emergencia”,”A” de “Andante caballería” y de…Alerta máxima!”.

Ese satélite es un imbécil ­me dice Durito mientras se quita el impermeable y deja un pequeño charquito de agua en el piso­. Mira que confundirme con una cucaracha…

¿Qué lees? ­pregunta Durito, ya sentado en un hombro y encendiendo su pequeña pipa. Yo no respondo, le muestro la portada del libro donde se lee Bertolt Brecht. Historias de Almanaque. 19/5. 19.Miércoles.

¡Ah! Mi colega Bertole… ­suspira Durito mientras empieza a revisar mi mochila.

¿Y se puede saber qué buscas?­pregunto mientras cierro el libro.

Tabaco ­responde lacónico Durito.

No tengo ­le miento, pero ya es inútil. Durito encontró una bolsa de tabaco negro y se dispone a rellenar sus alforjas.

¿Y se puede saber cómo llegaste hasta aquí? ­Durito empieza a transformarse conforme avanza su perorata.

Yo soy el grande Don Durito de La Lacandona. El Mío Cid redivivo, el que en buen hora ciñó espada. Yo soy el dueño y señor del inconfesable y apasionado sueño de féminas de todas las edades. Aquel ante cuyo paso los varones se descubren la cabeza y se reconocen imperfectos. El héroe que empequeñece a cualquier superficie neoliberal en la imaginación de los niños. Yo soy el bienhadado, aquel cuya espada superará las proezas de Don Rodrigo Díaz de Vivar, de Minaya, de Martín Antolínez, de Pedro Bermúdez y Muño Gustioc. Yo soy al que teme el villano en Irlanda, la pesadilla del ladrón que se oculta en Manhattan. Yo soy el en buena hora nacido. Yo soy la esperanza última y primera de todos los desdichados y narigones escuderos que deambulan sin destino ni razón. Yo soy…

Un escarabajo que puede ser confundido con una cucaracha ­digo con rencor. Durito detiene su discurso y me voltea a ver desconcertado.

¿Qué te pasa? ­pregunta después de una bocanada. Yo me siento avergonzado y le respondo:

Es que tengo que presentar una ponencia en la Mesa de Cultura y Medios de Comunicación en el Tránsito a la Democracia y no tengo listo nada.

¡Ah! Lo sabía! Os encontráis en un grave predicamento y vuestra anacrónica soberbia os impide recurrir al mejor y supremo paradigma del sublime arte de la andante caballería. Y dime, mi elefantino escudero: ¿por qué dejáis que la angustia se llegue hasta vuestro asfixiado pecho? ¿Acaso ignoráis que, precisamente para socorrer al desvalido, el sabio destino ha tenido a bien escoger de entre los seres humanos a aquellos que reúnan ingenio, valentía, gallarda presencia, bondad de corazón, inteligencia, audacia y…­

¿Un duro caparazón? ­interrumpo yo porque bien sé que Durito puede ocupar horas enteras hablando sobre las virtudes que requiere y exige la caballería andante, pero todos sabemos que el tiempo de intervención en las mesas está limitado a unos minutos. Durito se detiene y cae en mi trampa.

Bueno, una armadura lustrosa y sólida es necesaria a cualquier caballero andante. Así es de todos conocido y no veo por qué no habrá tomado esto en cuenta la sabia naturaleza. Pero, ¿en qué me quedé?

En que me iba a ayudar con la ponencia para la mesa de Cultura y Medios de Comunicación ­le apresuro.

¿Sí? ­Durito titubea­ Bien, así será; no creo que un ignorante escudero se atreva a engañar a su señor.

Nuncamente, señor mío ­digo con una profunda reverencia.

Bien, dejadme consultar a ver qué os encuentro para tan disparatado tema­Durito se baja de mi hombro y se sube a la mesa. De entre su ¿armadura? Durito saca una minimicrocomputadorita. Yo no dejo de sorprenderme y decir:

¿A poco tienes computadora?

¡Por supuesto, bellaco! Nosotros los caballeros andantes tenemos que ir modernizándonos para mejor desempeñar nuestra labor. Pero no me interrumpáis… ­Durito se pone a teclear y teclear. Yo trato de dormitar un poco. Alguien escribió después que esa noche la luna andaba entera. Al rato me despierto por una pesadilla que tuve: en ella Zedillo se reelegía por un amplio margen en el 2000, después de una inteligente campaña electoral que tenía como ejes el bienestar de la familia, la paz social y el combate a la corrupción. Sobresaltado miré a todos lados. En la mesita Durito seguía tecleando. Entre bostezo y bostezo le pregunté:

¿Ya encontraste algo que sirva de ponencia?

¿Ponencia? ¿Qué ponencia? ­pregunta Durito sin despegar los ojos de la pantalla de la minimicrocomputadora. Desesperado le digo:

¿Cómo que cuál ponencia? ¡Pues la de Cultura y Medios de Comunicación! ¿Qué, no estabas buscando en tu computadora?

¿Buscando en la computadora?­dice y no pregunta Durito, remedando al Olivio. Sigue sin voltear a verme cuando me dice:

¡Claro que no! Lo que estoy haciendo en la computadora es jugando. Me acaban de regalar un programa donde los escarabajos derrotan a las botas…

Yo me pongo a lloriquear:

Pero Durito, si no me presento con una ponencia para esa mesa, en la reunión de coordinadores me van a hacer pedazos. De por sí ya me la tienen sentenciada… Snif… Snif… Snif.

Ya, ya ­me consuela Durito con palmaditas en el hombro­. No os preocupéis. Yo sabré sacaros de tan grave predicamento…

¿Me harás una ponencia escrita?­le pregunto esperanzado.

¡No, qué va! Os daré una nota de justificación para que los coordinadores no os golpeen muy duro. Sobre todo ahora que todos andamos en la onda de fortalecer la vía pacífica… ­Yo suspiro con resignación. Durito se me queda viendo un rato y luego dice:

Bueno, no te pongas así. Aquí está la ponencia. Durito saca unas hojas escritas y me las muestra. Con mal disimulada ansiedad las tomo y, balbuceando, trato de manifestarle mi agradecimiento:

¡Gracias, Durito! ¡No sabes cuánto…! Un momento! ¿Cómo está esto de que la ponencia está firmada por Don Durito de La Lacandona y Bertolt Brecht?

¿Qué tiene de raro? ­dice Durito volviendo a encender su pipa­ ¿Nunca has oído hablar de ponencias conjuntas? Bueno, ésta es una de ellas…

Pero Durito, Bertolt Brecht murió hace muchos años… ­le reprocho.

Cuarenta, para ser exactos. Lo sé, la ponencia la empezamos al finalizar la Segunda Guerra Mundial y ya no la pudimos terminar. Bueno, debo advertirte que Berlolt se limitaba a transcribir lo que yo le iba dictando. Algo muy parecido a lo que tú haces ahora. Pero ese detalle no lo hagas público. No sería justo que, en el homenaje por el 98 aniversario de su nacimiento, se supiera que algunos textos de Bertolt son, en realidad, míos.

Durito… ­le digo con incredulidad y reprobación. El no se da por aludido.

Nada, nada. No insistas en hacer pública la deuda que conmigo tiene la cultura universal. Los caballeros andantes debemos ser modestos, así que no pongas que la ponencia es sólo mía. Escribe ahí que es de los dos. Además, para dar veracidad al trabajo colectivo, pondré separado el texto que se publica en 1949 y, aparte, lo que agregué en estas horas. Y ahora me disculpas, tengo que retirarme pues en estas frías y desveladas noches, he de ver si alguna doncella necesita el socorro de mi fuerte brazo.

Durito no me deja seguir protestando. Se escurre por debajo de la puerta y pone, de nuevo, a temblar todo el Poder mundial. Yo reviso, inquieto, la ponencia. El título es contundente: Ponencia conjunta del Bertolt y el Durito, en la cual se explica por qué sabiduría no consiste en conocer el mundo, sino en intuir los caminos que habrá de andar para ser mejor.

Dedicada a las niñas Dalia y Martina, de Tlaxcala, y a los presuntos zapatistas presos.

Parte I. Donde Bertolt se responde a qué pasaría
si los tiburones fueran hombres.

“­ Si los tiburones fueran hombres­preguntó al señor K la hija pequeña de su patrona­, ¿se portarían mejor con los pececitos?

Claro que sí ­respondió el señor K­. Si los tiburones fueran hombres, harían construir en el mar cajas enormes para los pececitos, con toda clase de alimentos en su interior, tanto plantas como materias animales. Se preocuparían de que las cajas tuvieran siempre agua fresca y adoptarían todo tipo de medidas sanitarias. Si, por ejemplo, un pececito se les muriera prematuramente a los tiburones, para que los pececitos no se pusieran tristes habría de cuando en cuando grandes fiestas acuáticas, pues los pececitos alegres tienen mejor sabor que los tristes. También habría escuelas para entrar en las fauces de los tiburones. Los pececitos necesitarían tener nociones de geografía para mejor localizar a los grandes tiburones, que andan por ahí holgazaneando. Lo principal sería, naturalmente, la formación moral de los pececitos. Se les enseñaría que no hay nada más grande ni más hermoso para un pececito que sacrificarse con alegría; también se les enseñaría a tener fe en los tiburones, y a creerles cuando les dijesen que ellos ya se ocupan de forjarles un hermoso porvenir. Se les daría a entender que ese porvenir que se les auguraba sólo estaría asegurado si aprendían a obedecer. Los pececillos deberían guardarse bien de las bajas pasiones, así como de cualquier inclinación materialista, egoísta o marxista. Si algún pececillo mostrase semejantes tendencias, sus compañeros deberían comunicarlo inmediatamente a los tiburones. Si los tiburones fueran hombres, se harían naturalmente la guerra entre sí para conquistar cajas y pececillos ajenos. Además, cada tiburón obligaría a sus propios pececillos a combatir en esas guerras.

Cada tiburón enseñaría a sus pececillos que entre ellos y los pececillos de otros tiburones existe una enorme diferencia. Si bien todos los pececillos son mudos, proclamarían, lo cierto es que callan en idiomas muy distintos y por eso jamás lograrán entenderse. A cada pececillo que matase en una guerra a un par de pececillos enemigos, de esos que callan en otro idioma, se les concedería una medalla de varec y se le otorgaría además el título de héroe. Si los tiburones fueran hombres, tendrían también su arte. Habría hermosos cuadros en los que se representarían los dientes de los tiburones en colores maravillosos, y sus fauces como puros jardines de recreo en los que da gusto retozar. Los teatros del fondo del mar mostrarían a heroicos pececillos entrando entusiasmados en las fauces de los tiburones, y la música sería tan bella que, a sus sones, arrullados por los pensamientos más deliciosos, como en un ensueño, los pececillos se precipitarían en tropel, precedidos por la banda, dentro de esas fauces. Habría asimismo una religión, si los tiburones fueran hombres. Esa religión enseñaría que la verdadera vida comienza para los pececillos en el estómago de los tiburones. Además, si los tiburones fueran hombres, los pececillos dejarían de ser todos iguales, como lo son ahora. Algunos ocuparían ciertos cargos, lo que los colocaría por encima de los demás. A aquellos pececillos que fueran un poco más grandes se les permitiría incluso tragarse a los más pequeños. Los tiburones verían esta práctica con agrado, pues les proporcionaría mayores bocados. Los pececillos más gordos, que serían los que ocupasen ciertos puestos, se encargarían de mantener el orden entre los demás pececillos, y se harían maestros u oficiales, ingenieros especializados en la construcción de cajas, etc. En una palabra, habría por fin en el mar una cultura si los tiburones fueran hombres”.

Hasta aquí termina el texto, publicado en 1949, que la historia de la literatura atribuye a Bertolt Brecht. Durito ha agregado la siguiente en 1996:

Parte Segunda: Donde el Durito trata de demostrar para qué sirven las banderas,
que ofrecen refugio y nuevo mundo a un bayo caballo bayo
y otras maravillas que el trigo entenderá.

Pero habría, es seguro, de entre todos los pececillos, algunos y algunas que dejarían botado el raquítico “yo” que les enseñaron los tiburones y levantarían, bien alta, la bandera del “nosotros”, que si ansia de libertad y de ser mejores les daría. Y el sólo hecho de levantar esa bandera en tan acuoso medio sería ya algo que los haría mejores. Y grande sería la alegría que descubrirse, mejores les haría y tratarían de hablar y “libertad” sería la palabra primera que dirían.

Y usarían el asta bandera no para encabezar una rebelión que destituyera a los tiburones y los suplantara en el poder con pececillos. No, lo que ellos harían sería usar el asta bandera como ariete y romperían todas las cajas de mar y todo se vaciaría el mar en la mar y ya no habría tiburones ni pececillos, sino congrejos, marinos y parientes de los escarabajos, y sabedores de que la mejor forma de avanzar es para atrás. En una palabra, habría por fin en el mar la lucha por una cultura nueva, una cultura que prescindiera de tiburones y pececillos y rehiciera de nuevo todo, sin peceras ni jaulas. Una cultura que no tuviera que imaginar a los hombres en otra condición diferente a la humana para suponerlos buenos y mejores siempre. Una cultura que tuviera lugar para el extraviado caballo bayo que cabalga, todavía, buscando un cuento donde pueda ser caballo y bayo sin que nadie le exija dejar de serlo o cambiar de color.

Fin de la Ponencia Conjunta que Bertolt Brecht y Don Durito de la Lacandona realizaron para la Mesa de Cultura y Medios de Comunicación en la Transición a la Democracia. Berlín-San Cristóbal, 1949-1996.

Yo me pongo nervioso. Ya no sé qué es peor: si no presentar ponencia alguna o si presentar la ponencia del dúo Bertolt-Durito. Decido entonces resolver el dilema con un método científico que me enseñó el hermano. Saco una moneda del bolsillo y la arrojo hacia arriba. ¿Qué cayó? Lo ignoro. Cuando me vine a esta mesa la moneda no acababa de caer.

Por otra parte, creo, además, que la presencia de Durito en este foro traerá repercusiones insospechadas. Mañana los diarios tendrán la nota de una profunda crisis financiera y del nerviosismo patente en todos los ejércitos del mundo. Ninguno podrá saber que el causante fue un escarabajo fumador y hablantín, andante caballero y agudo crítico del neoliberalismo, que, desfaciendo entuertos, socorriendo doncellas desvalidas y enamorando lunas, deambula por las montañas del sureste mexicano creyendo todavía que no hay mejor empresa que combatir la injusticia ni premio mejor que la femenina sonrisa que este probable puente ha intentado arrancar.

Vale. Salud y que el mar que en la montaña se multiplica tenga luna y piel.

Desde las montañas del Sureste Mexicano.

Subcomandante Insurgente Marcos.

México, julio de 1996.

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